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El Papa recibió a la religiosa, y le confirmó sus ganas de seguir: "Yo me lo paso bomba"
El día de San Juan del 2021 quedará grabado en la memoria de mi corazón como el día y el momento en el que tuve el privilegio de compartir con confianza absoluta y sin ningún temor un encuentro entrañable, franco, acogedor y lleno de vida y de verdad, con el Papa Francisco.
Fue un encuentro en el que no había tiempo ni prisas, ni normas, ni rituales. Un encuentro fraterno y distendido en el que el abrazo acogedor, la mano tendida, la sonrisa amiga y cómplice y el sentido del humor estuvieron marcado el ritmo de todo aquello que pudimos compartir: Proyectos, realidades dolorosas, inquietudes, consultas y sobre todo la fuerza de la compasión que es la pasión compartida por el Evangelio que es una norma de vida y servicio a los más empobrecidos.
Desde el primer instante Francisco se interesó por la Comunidad de hermanas y los proyectos, y con sentido del humor me preguntó “¿Cómo lleva el priorato?”
Francisco lleva clavado en su corazón el drama de los que sufren a causa de la pobreza y de aquellos que deben dejar sus países huyendo de la guerra. Pude explicarle el drama de aquellos a los que impunemente se les retira el permiso de trabajo, después de unos procesos arduos para regularizar su situación, también cómo suman cada día y semana los desahucios y cómo sin piedad la gente se queda en la calle, mientras las administraciones no hacen todo lo que deberíamos esperar. Hice un mea culpa doloroso, porque creo que como Iglesia estamos comprometidos, pero aun nos falta mucho más.
Le vi preocupado y urgido a movilizarse y a insistir en el compromiso de las personas y comunidades para garantizar la dignidad de toda vida humana.
Comentando algunos problemas le dije: “Qué difícil ser Papa”. Él con una sonrisa y queriendo quitar hierro al asunto me dijo: “Yo me lo paso bomba”.
Vi a un hombre sereno, confiado totalmente en la fuerza del Espíritu que le sostiene y dispuesto, con fidelidad inquebrantable a llevar a cabo la reforma de la Iglesia.
Le dije que la Iglesia me duele y que me gustaría que todos sumemos para ser creyentes creíbles y no mediocres. No podemos pretender que vengan los jóvenes a reeditar nuestros esquemas, mientras no nos pongamos al día y pidamos perdón honestamente por los grandes crímenes cometidos cuando se miró para otra parte ante el abuso de poder, de autoridad y sobre todo los abusos de menores, auténticos crímenes perpetrados en el seno de la sociedad y de la Iglesia.
Francisco tiene una grandeza, y se la dije: Es un Papa cristiano. Y punto. Y eso da mucha serenidad.
Me gustaría que muchos pastores se dejen de hacer política y se sumen al servicio y al compromiso de Francisco con el Evangelio.
El entorno de San Pedro es un espacio de acogida y Evangelio. Los más pobres son atendidos, escuchados; tienen dónde comer, ducharse y dormir. Y tienen, además, clavada en la plaza de san Pedro, el bello y elocuente monumento a los migrantes y refugiados. Una escultura imponente de bronce y de arcilla que clama por una humanidad y por una Europa acogedora.
Francisco lo tiene claro: ellos huyen de la guerra y de la miseria; ellos y ellas son una oportunidad para practicar la acogida y para permitir a nuestra sociedad enriquecerse con sus vidas y capacidades; con su trabajo y su cultura…
Francisco me agradeció los esfuerzos por acoger y se alegró que el Monasterio, además de la Fundación, sea un espacio de acogida y que en la pandemia no hayamos cerrado las puertas. Me animó a estar presente para pedir y para explicar la realidad.
Su humanidad me impactó y su interés y actitud de escucha me impactó, tanto que aun tengo grabada su mirada, su sonrisa y su cabeza asintiendo.
Le expliqué los retos que vivimos como Comunidad contemplativa que compartimos la vida y la misión con muchas personas, y se alegró profundamente y no pudo menos que querer hacer llegar su gratitud.
No fue un encuentro más. Fue una confirmación en la vocación y en el servicio. Fue la mano amiga, el gesto acogedor y la palabra oportuna la que me dije y repite desde el corazón: “Seguí haciendo lío, seguí trabajando por las personas, seguí cuidando de las monjas…”
Los más empobrecido ocuparon nuestra conversación, incluso aquellos que, a causa de la pandemia, hoy viven al límite. Por esta razón quise regalarle, el libro y una película que creo ayudan a entender aquello de lo que hablamos y compartimos: “Todos los Ahmad del mundo” el relato de un Ahmad Alhamsho de Plataforma editorial, que narra el itinerario de este joven sirio que se vio obligado a abandonar su País amenazado por una guerra cruel y que debió atravesar el infierno de la huida y de una Europa que blinda sus fronteras y pone palos a la rueda de aquellos que vienen buscando una oportunidad para vivir. Le entregué también, y e hacía particular ilusión hacerlo, la película “La mujer ilegal” de Segarra Films, que muerta sin tapujos el drama de la trata de personas en España, la vida en los CIES y la crueldad de un sistema perverso que angustia y mata a aquellos inmigrantes que buscan una oportunidad para vivir, mientras huyen del horror. Ambos regalos: libro y película le impactaron y escuchó con atención el por qué de estos regalos. Me dijo: “Gracias, gracias, esto me interesa mucho, es un tema que llevo en mi corazón y me duele”
Gracias Francisco por tu hospitalidad, por tu acogida y por tu bendición a nuestros proyectos que son proyectos nacidos de la oración y el compromiso con los más empobrecidos.
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