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Estamos en una sociedad laica, ¡qué duda cabe! Y eso no es más que una constatación, y no un lamento. Un signo de los tiempos que vivimos es precisamente esa laicidad.
Esta sociedad nos ofrece la posibilidad, o mejor, la oportunidad de renovar nuestras creencia, de purificar nuestra manera de creer, de sacudirnos de muchos lastres y a la vez de reafirmarnos en lo más esencial de nuestra fe abriéndonos a nuevas formas de relacionarnos con lo trascedente, con Dios, con el misterio.
La laicidad consiste en aceptar la pluralidad de nuestra sociedad, su complejidad y la sana y positiva diversidad, y nos reta a trabajar, a luchar positivamente contra los privilegios de unas religiones sobre otras; de unas posturas políticas, económicas y sociales sobre otras; contra cualquier tipo de absolutización y discriminación.
Pero, la laicidad, no se queda en la esfera de lo público, de lo externo, de la ideología, de la razón, toca el corazón y la esencia misma de nuestra espiritualidad.
Aceptar la diversidad nos ha llevado a enriquecernos con otras realidades y aspectos de la verdad; nos ha despojado de tantos dogmatismos que sin darnos cuenta había ido minando nuestra capacidad de pensar, y de no pocos moralismos que habían ido amordazando nuestra libertad y reduciéndole su ámbito de expresión y vitalidad. La realidad plural, diversa, nos ha dejado a la intemperie, haciéndonos conscientes que muy pocas cosas son realmente esenciales, y esto, ¡nos ha enriquecido!
Creo que quedarnos a la intemperie, en una sociedad “laica” nos ha ayudado y nos está ayudando a despegarnos de nuestros sueños de un Dios absoluto, omnipotente, todopoderoso, ¡hecho a imagen y semejanza de nuestros delirios de grandeza!, y nos ha abierto camino, desde la sencillez y la vulnerabilidad a la realidad de un Dios que se nos revela como un Dios – en relación, un Dios que habla y se manifiesta desde nuestra realidad, desde la humildad.
Ese Dios, un Dios respetuoso, tolerante, compasivo, universal, es el único que puede caber en una sociedad laica: en una sociedad en la que Dios no sobra, pero que tampoco avasalla; un Dios que respeta y ofrece al tiempo que acoge.
Esta realidad nos invita a estar con los ojos y el espíritu abierto y atento, para asumir todo lo bueno, bello y valioso que hay en nuestro entorno y en el universo.
Aceptar eso nos ha llevado a darnos cuenta que no es necesario tener grandes convicciones para ser felices y realizarnos, también hay que saber escuchar y tener el coraje de poner en cuestión algunas de nuestras propias creencias, o de algunas formulaciones estáticas de la misma, de realidades que posiblemente para nosotros, hasta ahora eran intocables.
El diálogo con nuestra sociedad nos ha desmontado, pero nos ha ido llevando a vivir cada vez más en la verdad. Poco a poco se ha abierto camino en nuestra realidad cerrada y a veces miope, y nos ha obligado a desarmarnos y a derribar las murallas defensivas con las que protegíamos nuestras sacrosantas fortalezas, llevándonos progresivamente a tender la mano a los otros, para acoger y ofrecer, en un camino de ida y de retorno, de mutua acogida y enriquecimiento.
La espiritualidad laica, ha dicho algún pensador contemporáneo, nos invita a encontrar a Dios en la vida cotidiana, en los ámbitos que han estado tradicionalmente alejados de aquello que era considerado sagrado, lejano, intocable.
Hoy se nos invita a reconciliarnos con nuestra realidad y a entender lo sagrado de una forma nueva. Mirando la realidad con una mirada nueva, libre de prejuicios.
La espiritualidad laica nos pone poco a poco en la órbita de la teología y de la antropología de la liberación, porque es una espiritualidad que necesariamente se interesa y toma partido por el mundo y la realidad, por la acción liberadora de Dios en las personas y en las sociedades y grupos humanos. Es una espiritualidad que se interesa y tiene presente el punto de vista de los pobres y de aquellos que están en la cuneta de la vida.
Esta espiritualidad no se basa en una teología desencarnada ni en un razonamiento de estructura académica, es una experiencia personal y comunitaria, y por eso se hace necesario abrirse para compartir y para no dejar de enriquecernos con el punto de vista, la experiencia, la sensibilidad y la vida de las otras personas.
En esta perspectiva, la comunidad de los amigos de Jesús, no podemos estar al margen de esta sociedad laica, sí tenemos que redituarnos, amarla y no mirarla con desconfianza, sino abrazarla como una fuente de riqueza en la que se manifiesta el Espíritu creador y siempre nuevo e inabarcable de nuestro Dios.
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