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Éste es el asombroso misterio de la Navidad: La Palabra, que acampaba junto a Dios y que era Dios, se hizo carne y acampó entre nosotros. La Sabiduría de Dios echó raíces en la porción del Señor, en su heredad, en la congregación de los santos, en la comunidad de los fieles, en la asamblea de los pobres.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros, para ser nuestra vida y nuestra luz, nuestra gracia, nuestra paz y nuestra gloria.
La Palabra se hizo carne y acampó entre nosotros para que en ella –en Cristo Jesús- fuésemos todos bendecidos con toda clase de bienes espirituales y celestiales.
En este tiempo de paradojas asombrosas e intercambios admirables, la mirada de la fe se vuelve una y otra vez a esa Palabra creadora acampada en el llanto de un niño, a la pequeñez de la grandeza divina, a la debilidad del Dios fuerte, a la fragilidad de la Roca eternamente firme, a la humanidad de Dios. La fe contempla la Palabra y, al mismo tiempo, recuerda quién es el que la pronuncia: recordamos el amor del Padre que nos la envía para que nos lleve cautivos a su corazón, a la vida misma de la Trinidad Santa… Desde que la Palabra entra en el mundo por la encarnación, la humanidad entra en Dios por comunión con la Palabra…
Lo que ese Hijo tiene de común con nosotros, ya pertenece para siempre a la vida de Dios… Ya no habrá un Dios que no lleve en sí al hombre… He dicho “al hombre”; pero si me fijo en la Palabra hecha carne, tendría que decir que, con ella, ha entrado en Dios, y en Dios se ha quedado para siempre, “un pobre”, “un último”, “una víctima”, “un nadie”…
Esa comunión de la Palabra con la humanidad, que ahonda sus raíces en el misterio de la encarnación, por la fe de cada uno de nosotros en Cristo Jesús, se hace comunión personal del creyente con Dios y con todos, con la debilidad de Dios y con la pobreza de la humanidad.
Entonces ya no te sorprende lo que el apóstol Pablo dice de ti, de todos los que tienen tu misma fe: “El Padre nos ha bendecido en Cristo con toda clase de bienes… nos eligió en Cristo antes de crear el mundo… nos ha destinado en Cristo a ser sus hijos…” Y haces tuyo el cántico de alabanza que sube ininterrumpido desde el corazón de los fieles al corazón de Dios: “Bendito, sea Dios, Padre de nuestro Señor Jesucristo…” “Glorifica al Señor, Jerusalén, alaba a tu Dios, Sión…”
Es tu canto, Iglesia cuerpo de Cristo; es el canto de tus hijos; es el canto de los pobres, de los últimos, de las víctimas, de los sin nombre, de los sin nada: “Ha puesto paz en tus fronteras, te sacia con flor de harina…”
Sólo los pobres conocen la verdad de ese canto de agradecimiento. La Navidad les recuerda que, en Cristo Jesús, la bendición de Dios se hizo carne para ellos, la Justicia se hizo carne para ellos, la Paz se hizo carne para ellos, del cielo se les dio un Pan que lleva dentro la vida eterna…
No hay Navidad sin fe en Cristo Jesús.
No hay Navidad sin conocimiento del amor de Dios revelado en Cristo Jesús.
No hay Navidad sin esperanza de un mundo nuevo.
No es una cuestión de luces y dulces, sino de pobres con fe.
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