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Celebramos el misterio de la ascensión del Señor, misterio que es de salvación porque es misterio de Cristo Jesús, nuestro salvador, y porque es también misterio de su cuerpo, que es la Iglesia, cuerpo del que somos miembros, comunidad de fe de la que somos parte.
Que no te desconcierte la palabra “misterio”, pues no es nombre que se da a un enigma sino puerta de entrada a una revelación. Entra y contempla. Es día de glorificación de Cristo Jesús: “Aclamadlo con gritos de júbilo”.
El Enviado, el que, “siendo de condición divina”, había bajado hasta lo más hondo de la condición humana, hasta la muerte y muerte de cruz, es ahora enaltecido sobre todo, se le da ahora el nombre sobre todo nombre, asciende ahora a la vida misma de Dios. El que, por la encarnación, vino del cielo para ser de la tierra, el que vino de Dios para ser hombre, ahora, por la ascensión, no vuelve a Dios sin el hombre que es para siempre.
El que vino del cielo para ser nuestro hermano, no vuelve al cielo sin la humanidad que comparte con nosotros. El que por la encarnación vino para ser tuyo, no vuelve al cielo por la ascensión sin llevarte con él.
Y aún más –lo escucharás en el evangelio de este día-: el que por la encarnación vino para ser nuestro, no vuelve al cielo sin quedarse en la tierra con nosotros todos los días hasta el fin del mundo. Entra y contempla tu misterio, Iglesia cuerpo de Cristo.
Contempla la Trinidad Santa, que es tu casa –tu cielo-, pues en ella has entrado con ese Hijo que es levantado hasta Dios, en ella has entrado como cuerpo del Hijo, en ella eres amada con el amor con que es amado el Hijo de Dios, en ella amas con el amor con que ama el Hijo de Dios.
Contempla el misterio que se te ha revelado y sal a la misión que se te ha confiado: “Id y haced discípulos de todos los pueblos, bautizándolos en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo; y enseñándoles a guardar todo lo que os mandado”.
“Haced discípulos” de Cristo Jesús: haced aprendices de Cristo Jesús, mujeres y hombres bautizados en el nombre de la Trinidad Santa; mujeres y hombres que, por el bautismo, han muerto con Cristo al pecado y han resucitado con Cristo a vida nueva; mujeres y hombres bautizados para que Cristo viva en ellos; mujeres y hombres bautizados para amarse mutuamente y para ser, porque se aman, morada en la que Dios habita –el cielo de Dios-.
Espero, deseo, pido que hoy puedas comulgar con el Hijo que ha sido glorificado a la derecha de Dios en el cielo. Espero, deseo, pido que hoy puedas entonar en la comunidad eclesial el canto de victoria de los redimidos en Cristo Jesús. Pero, si no pudieres hacerlo, no olvides que no está sin ti en el cielo –a la derecha del Padre- el que quiso quedarse para siempre contigo en la tierra, en la pobreza humilde de tu casa.
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