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"El amor de Cristo a su Iglesia no tiene vuelta atrás"
La palabra que se proclama este domingo, de pronto se nos ha hecho “contracorriente”, casi “revolucionaria”: “Por eso abandonará el hombre a su padre y a su madre y se unirá a su mujer y serán los dos una sola carne”.
En el evangelio, Jesús completa el escándalo, añadiendo: “De modo que ya no son dos sino una sola carne. Lo que Dios ha unido, que no lo separe el hombre”.
Hace unos años, una hija mía expresaba así lo que esa palabra le sugería:
«Vínculos esponsales... creo que eso está en vías de extinción. Más bien son vínculos filiales y, si no los hay, el vínculo esponsal lo haces desaparecer ipso facto. Luego, vínculo esponsal entre hombre y mujer... pues ya hay más posibilidades: hombre- hombre, mujer- mujer, y trans, por ejemplo... Después, Iglesia como esposa... bueno... igual esta pareja necesita terapia... como todas, en cierta medida. Mientras leía, me vino a la cabeza Groucho Marx –“El matrimonio es una gran institución. Por supuesto, si te gusta vivir en una institución”.»
Y esto fue lo que entonces le respondí:
Si para saber de Dios partimos de nuestras miserias, y le damos a Dios, como objetivo de su eternidad, que llegue a parecerse a nosotros en lo que nuestra vida tiene de menos deseable -la debilidad para el amor-, entonces se quedaría sin sentido mi reflexión. Pero en mi mundo, el camino lo hago al revés; parto de lo que Dios ha hecho bien, y me pongo a la tarea de aprender a hacerlo como él.
El amor de Dios a su creación no tiene vuelta atrás.
El amor de Cristo a su Iglesia no tiene vuelta atrás.
Y ese amor es el que, en mi pequeño y viejo mundo, hace escuela y tira del carro; ése es el amor que necesito aprender. Siempre me quedaré lejos, pero sé a dónde quiero llegar.
Ése es el amor que me une a todos con lazos que la debilidad puede romper, pero que están destinados a ser eternos; ¡a todos!, incluidos los enemigos, incluidos los verdugos de inocentes, incluidos los pisa pobres.
No sabes, queridiña, cuánto me cuesta amar así a los que matan a mis hijos.
Pero no me dan alternativas: el amor es así y nada más. Y puedo asegurarte que es una fuente inagotable de vida y de muerte, de sufrimiento y de alegría, siempre unidas, inseparables, coetáneas.
Y tengo la certeza de que eso es lo que añoráis, lo que vais buscando, tal vez lo que ya experimentáis desde hace tiempo, incluso sin saber darle nombre.
Hoy quiero añadir algo más: ese amor que aprendemos de Dios –el que aprendemos de Jesús de Nazaret-, es amor que todo lo pierde, que todo lo da. Quien aprende en la escuela de Jesús, si ama, muere; si ama, encuentra la vida.
Ésa es la paradoja: el que se pretenda quedarse con su vida, la perderá; el que la pierde por amor, ése la gana.
Y todos hemos de optar por una de esas posibilidades.
Tal vez lo más fácil sea optar por guardar la propia vida; pero lo único que puede llenarla de significado es perderla por amor.
Y nadie piense que eso se pide sólo para la relación hombre-mujer, Cristo-Iglesia; el don de la propia vida se nos pide también para regular nuestra relación con los pobres. No, no nos piden que demos una limosna: se nos pide que demos por ellos la vida, pues también ellos son “nuestra propia carne”.
Feliz domingo.
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