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Imperativos suplicantes
Lo vio y lo anunció el profeta: “Mira a tu Rey que viene a ti”.
Mira a tu Rey en el misterio de la encarnación: Entra en la casa de Nazaret, y tu fe se asombrará de ver a Dios hecho hombre en el sí de una doncella, mientras el mundo gira indiferente, gira como siempre, alejándose de sí mismo, y el hombre se afana como siempre en conquistar el cielo. Míralo, virgen Iglesia: Tu Rey viene a ti justo y victorioso, modesto y cabalgando en un pollino de borrica. Míralo, alégrate, canta.
Míralo también en el misterio de su tránsito de este mundo al Padre: alfombra su camino con tu manto, alaba a Dios, pues con Jesús ha venido a tu vida la paz que el cielo te regala. Míralo, alégrate, canta: “Bendito el que viene como Rey en nombre del Señor”.
Considera, virgen Iglesia, a dónde viene tu Rey, a qué posada lleva su camino; y verás que, en Nazaret, en Jerusalén, en la Eucaristía que hoy celebras, “tu Rey viene a ti”: viene a tu condición humilde, a tus pobres, a tus enfermos, a tus duelos, a tu humanidad herida, a tu mundo de esperanzas y deseos, a tu hambre de justicia y de pan.
Él viene pobre a ese reino nuestro: viene en la pobreza de su palabra, una palabra hecha de palabras nuestras; viene en la pobreza de su pan, un pan que es fruto de esta tierra nuestra y de nuestro trabajo.
Y sólo porque él viene, la palabra del profeta, con la fuerza de unos imperativos suplicantes, te invita, virgen Iglesia, a entrar en el milagro de una bienaventuranza que es de los pobres, de una fiesta que es para los hambrientos. El profeta suplica y te invita: Mira, alégrate, canta.
Y ahora escucha el evangelio, lo que te dice “el que viene a ti”, lo que te pide el que ha hecho por ti ese camino que baja del cielo a la tierra, el que se ha acercado tanto a ti que te lleva guardada dentro de él. “El que viene a ti”, pide tu fe. “El que viene a ti”, pide que vayas a él: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados y yo os aliviaré”
Escúchalo, cree, comulga…
Ve a tu Señor, aprende de él, abraza su cruz, carga con su yugo…
Él es manso y humilde de corazón: Su yugo es llevadero. Su carga es ligera.
Escúchalo, cree, comulga… Él y tú destruiréis la violencia de la guerra. Él y tú dictaréis la paz a las naciones.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, pues, por la fe, te acercaste “al Rey que viene a ti”, comulgaste con él, y has conocido que es clemente y misericordioso, sabes que es bondadoso en todas sus acciones, has experimentado que es cariñoso con todas sus criaturas.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia resplandeciente con la santidad de Dios, Iglesia de enfermos que por la fe han sido curados, de leprosos purificados, de ciegos iluminados, de pecadores perdonados, de muertos resucitados.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios, Iglesia de pobres que el Hijo de Dios, haciéndose pobre, ha enriquecido con su pobreza; Iglesia de pobres, enviada a los pobres, Iglesia evangelio de Dios para todos los hambrientos de justicia y de pan.
Alégrate, canta, bendice a tu Dios.
Feliz encuentro con el Rey que viene a ti, Iglesia amada de Dios.
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