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Durante siglos, la Iglesia no había unido el abuso de menores con el pecado contra el Espíritu Santo
La pederastia es un delito grave y un pecado horrendo. La Iglesia católica tardó mucho en conjugar estas dos variables. Vivió inmersa durante tiempo en la dinámica del encubrimiento, con la salida que siempre otorga la confesión. El sacramento perdona todos los pecados menos uno: el pecado contra el Espíritu Santo. Es decir, el pecado contra los menores. “Al que escandalice a uno de estos pequeños, más le vale que le cuelguen al cuello una de esas piedras de molino que mueven los asnos y le hundan en lo profundo del mar” (Mt, 18,6 ss). En el Evangelio, Jesús es tajante y pide la muerte para los que escandalicen a un niño.
Durante siglos, la Iglesia no había unido el abuso de menores con el pecado contra el Espíritu Santo. Y la sociedad tampoco lo consideraba un delito horrendo. Juan Pablo II comenzó a legislar tímidamente, para proteger a la infancia de los lobos clericales. Benedicto XVI convirtió la lucha contra la pederastia en la clave de su pontificado. Barrendero de Dios, hizo pasar a la institución en poco tiempo del ocultamiento a la tolerancia cero y se ofreció como chivo expiatorio de esa lacra que amenazaba con arruinar la credibilidad de la Iglesia. Porque si ésta pierde la credibilidad, traiciona su misión.
Consciente de ser una institución ejemplar y ejemplarizante (dice a los demás cómo tienen que comportarse), la Iglesia puso en marcha su propia resurrección y, de hecho, fue la única institución global capaz de regenerarse a fondo y desde la cúpula. Francisco trae la primavera a la Iglesia. Está poniendo en marcha la revolución de la ternura, ha pasado de la tolerancia cero a la tolerancia cero más cero con los pederastas clericales, y se ha convertido en un icono de esperanza para el mundo. Ninguna otra institución global ha sido capaz de realizar esta revolución. Tampoco, en el ámbito de la protección de la infancia.
Quedan inercias de otras épocas y otras concepciones teológicas, como la que defendía el cardenal colombiano Darío Castrillón y otros prelados, según la cual un padre no denuncia a su hijo ante la Justicia, y un obispo es un padre para sus curas.
Queda erradicar el sistema del encubrimiento y doble vía judicial para las manzanas podridas del clero. La civil, para el delito. Y la canónica, para penar el pecado con la penitencia de la reducción al estado laical (no son dignos de ser curas) y con la piedra de molino al cuello del pecado que no se perdona.
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