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Francisco es un Papa político. En el buen sentido del término: Un Papa preparado para gobernar. Por eso, es capaz de tomar decisiones históricas en el momento justo, mientras mantiene otras en la nevera, hasta que llegue su momento. Acaba de dar una prueba más de su buena gobernanza con el histórico nombramiento de un laico, Paolo Ruffini, al frente del importantísimo dicasterio de la Comunicación. Y al hacerlo, Bergoglio mata varios pájaros de un tiro.
En primer lugar, nombra un laico, casado y padre de familia, para un dicasterio técnico y, por lo tanto, es 'natural' que recaiga en manos de un profesional contrastado como Ruffini. Y, además, al tratarse de un dicasterio técnico deja sin capacidad de respuesta crítica a los integristas de turno, que están a la que salta con las decisiones de Francisco, amenazando continuamente con el 'que viene el cisma'.
En segundo lugar, con el nombramiento de Ruffini le clava un rejón de muerte a los recalcitrantes de la Curia romana. Equipara a un laico nada menos que con los prefectos de los dicasterios (todos ellos cardenales) y, al mismo tiempo, azota una vez más al clericalismo, uno de los grandes males de la Iglesia, como suele decir Francisco.
En tercer lugar, rompe la inercia de siglos y, quizás, por vez primera en la Historia de la Iglesia (al menos en la reciente) coloca a un laico en la cúpula eclesiástica. El vaticanista Luis Badilla, siempre bien documentado, recuerda, en Il Sismografo, que hubo dos laicos en puestos importantes de la Curia. El más importante ha sido, sin duda, Ercole Consalvi (1757-1824), un laico que fue nada menos que cardenal Secretario de Estado por dos ocasiones en tiempos de Pío VII.
Pero, en la historia reciente de la Iglesia, con su decisión, el Papa Francisco pasa la corresponsabilidad laical de la teoría a la práctica, como le gusta hacer. Y manda una potente señal a la Iglesia, que no podrá tener futuro sin contar de verdad con los laicos en su estructura jerárquica.
Y por último, la decisión papal es un enorme signo de esperanza. Un signo que grita, una vez más a los cuatro vientos, que la reforma es imparable, que nadie puede parar la primavera en primavera...ni en verano. ¡Qué orgullo de Papa!
José Manuel Vidal
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