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"Un pastor Preparado y con experiencia pastoral, que se hace querer"
Las para todas, no en vano fue portero de la Cultural Leonesa. El nuevo obispo de Astorga, Jesús Fernández González (1955, Selga de Ordás, León) tiene todas las cualidades para ser un gran pastor. Preparado y con experiencia pastoral se hace querer, porque se nota que quiere a la gente. De hecho, en los casi siete años que pasó de auxiliar de Compostela, se ganó el corazón de la gente y el aprecio de los curas.
En Galicia se esperaba que sucediese a monseñor Barrio en la archidiócesis compostelana, pero los planes de Roma son otros, quizás pensando en un nombramiento de ida y vuelta. Porque monseñor Fernández tiene presente y futuro.
Quizás porque representa el nuevo perfil de obispos que quiere el Papa para la Iglesia y el Nuncio, monseñor Auza, para esta nueva etapa de la Iglesia española, con una jerarquía menos poderosa y ostentosa y más humilde, austera y sencilla. Obispos con 'olor a oveja' y que saben ir 'por detrás, en medio y por delante' del pueblo, según lo que toque.
Monseñor Fernández, además de sencillo y cercano, es un hombre sociable y nada creído. De los que pisan calle y se paran a charlar con la gente, sin importarles que los importunen. Un obispo de los que no se encierran en los despachos. De los que escuchan con atención y ternura las alegrías y las penas de la gente. De los que enjugan las lágrimas de los ancianos, de los pobres y de los descartados. De los que acompañan la maldita soledad que corroe las entrañas de tanta gente.
Un obispo de los que cree y practica la sinodalidad, el trabajo en equipo y el compartir. No le va el ordeno y mando. Nunca será un obispo señor. Siempre dialogante, prefiere el cara a cara que los atajos de los silencios cómplices o de las medias verdades.
Sus pares saben de su valía, por eso le han elegido para presidir Cáritas española, la joya de la Corona de la Iglesia de nuestro país y, además, estuvo a punto de ser elegido secretario general de la Conferencia episcopal. Y si no lo fue, se debió a que el titular de Santiago aseguró que lo necesitaba a tiempo completo en la archidiócesis gallega.
Galicia le enseñó a ser obispo. Y eso nunca se le olvidará, asi como el cariño desinteresado y la hospitalidad de sus gentes, que acogen con todo el corazón y todo lo que tienen. Llevará siempre en el alma la gran diócesis compostelana y al señor Santiago, cuyo camino pasa también por su nueva diócesis. Además, en Astorga seguirá profundamente vinculado con Galicia, o en vano una parte importante de la provincia de Ourense pertenece a su nueva diócesis.
Buena suerte, monseñor Fernández, en una diócesis cargada de historia, de arte, de patrimonio y de buena gente, en una de las zonas donde muestra su cara amarga la España vaciada y que, en época del postcoronavirus, tendrá que reinventarse. Tanto social como eclesialmente. Por el obispo, no va a quedar.
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