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"No es de recibo la opacidad y el misterio en la Iglesia y, menos, en tiempos de Francisco"
Llevaba 15 años (que se dice pronto) de obispo de Ibiza, una pequeña diócesis, donde todos conocen las virtudes y los pecados de todos. Ya cuando le nombraron obispo, en tiempos de Juan Pablo II, circularon una serie de rumores sobre el 'techo de cristal' de Vicente Juan Segura. Pero, como siempre pasa en la Iglesia, se tapó todo.
El prelado llegó a la isla y se mantuvo al frente de la diócesis pitiusa durante tres lustros, sin que cesasen los rumores sobre su falta de idoneidad para el cargo. Pero la situación se dejó pudrir, como se hace siempre en la Iglesia. Era un hombre afín a la vieja guardia wojtyliana-ratzingeriana. Y había que protegerlo y correr un tupido velo sobre sus errores vitales. Más aún, algunos pretendían que se estaba fogueando para pasar, después, a la sede de Valencia, una de las más importantes del país.
Pero, mientras tanto, las habladurías continuaban y a los periodistas nos llegaban 'informes secretos' sobre monseñor Vicente Juan Segura. Yo mismo tuve varios en mis manos, que no publiqué por tratarse de temas que afectaban a la vida privada del señor obispo.
Pero ni en Nunciatura ni en Roma se tomaba nota de esos mismos informes que me consta llegaron tanto a manos de Monteiro de Castro y de Fratini como al despacho del cardenal Re, prefecto de la Congregación de Obispos. ¡Silencio total en todas las instancias! ¡Vicente Juan tenía padrinos en Roma!
Con la llegada de Francisco, cambia la dinámica de la Curia romana y la Congregación de Obispos abre una investigación sobre el obispo de Ibiza. La Curia de Francisco, que ya no es la de Benedicto ni la de Juan Pablo II, toma cartas en el asunto y adopta decisiones. Eso sí, después de pensárselo también durante tres o cuatro años.
Al final, se impone la lógica y el sentido común en la gobernanza eclesial y Roma decide 'degradar' a Vicente Juan y hacerlo descender en el escalafón. Para hacerlo pasar de residencial (con mando en plaza, aunque fuese pequeña) a auxiliar (a las órdenes, ahora, del cardenal Cañizares).
Una decisión sin explicación, como siempre en la Iglesia. O con explicaciones beatíficas, auténticas tomaduras de pelo, que no engañan a nadie y que toman al pueblo de Dios por tonto. ¿No tiene derecho el pueblo de Dios y, principalmente, los fieles de Ibiza y de Valencia, a conocer las razones de esa degradación y de este cambio?
¿Por que Vicente Juan abandona Ibiza a los 64 años (joven, en la nomenclatura episcopal), para recalar en Valencia, convertida en una especie de diócesis 'refugium peccatorum', donde ya están acogidos otros dos prelados (Salinas y Escudero), que pasaron de residenciales a auxiliares?
La Iglesia española prepara un magno Congreso de laicos para el próximo mes de febrero. Un evento más de cara a la galería, porque las viejas inercias de la jerarquía hacia el laicado siguen siendo las mismas. En plena época de la transparencia, la jerarquía sigue tomando decisiones absolutamente opacas, sin explicación alguna y rodeadas de misterio.
Y los laicos (con magno Congreso o sin él) seguirán siendo ciudadanos de segunda en la Iglesia española. Y por mucho que se desgañite el Papa exigiendo a sus obispos que tienen que ir “unas veces por delante, otras veces en medio y otras, detrás del pueblo”, el caso es que siguen ejerciendo de dueños y señores del rebaño, que pierde ovejas a raudales, y las que se quedan son más clericales que los propios pastores.
Creer en una Iglesia laical significa dejar de considerar a los fieles como menores de edad y abrir las puertas de par en par a la transparencia. Por virtud, exigida por el Evangelio y por la eclesiología del Vaticano II. O por necesidad, porque, en tiempos de Internet, todo se sabe y la información sobre los obispos circula y no hay quien la pare.
Explíquense, pues, las razones de este cambio. Sin hacer escarnio del protagonista de los hechos, pero el pueblo de Dios tiene derecho a saber y a estar informado. Si no se hace (como no se hizo ni se hará) seguirán corriendo los rumores, la figura del prelado relegado se seguirá manchando, y la credibilidad social de la Iglesia seguirá en los últimos niveles de confianza: por debajo de los políticos y de la banca y sólo por encima de la monarquía. ¡Triste récord!
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