"El Papa Prevost tiene un potente megáfono moral que debe usar con valentía"
De la tormenta de Francisco al sirimiri de León XIV
"No es raro ni anticuado ni carca ser seguidor de Jesús"
Un viaje redondo, un éxito sin paliativos el del Papa Francisco en Lisboa, donde se convierte en el profeta del mundo herido, en el sabio, anciano en silla de ruedas, que les señala el futuro a las jóvenes generaciones católicas del mundo en una Iglesia madre, donde caben “todos, todos, todos”.
Un éxito sin precedentes, porque ganan todos con la JMJ: Portugal y su presidente, Marcelo Rebelo de Sousa; la Iglesia portuguesa, que, con humildad y reparación, intenta levantar cabeza tras la plaga de los abusos del clero; la Iglesia universal tan necesitada de una inyección de autoestima y de un subidón de adrenalina y de orgullo creyente, y el propio Papa, que regresa a Roma “rejuvenecido” y con las pilas cargadas para abordar, con entereza y decisión, el tramo final de su pontificado, en alas del proceso sinodal y de una Iglesia que ansía la primavera.
Y gana la 'marca Portugal, que se consolida en el extranjero, publicitando a tope Lisboa y Fátima. Negocio, cultura y fe. Y a coste casi cero. Son muchos más los beneficios que los gastos. Sin contar con la ingente proyección de la imagen del país ante 600 millones de espectadores en el mundo y con la presencia (récord en Europa, para un evento de esta categoría) de más de millón y medio de jóvenes.
Portugal es un país pequeño, con raíces profundas en la historia, que suele hacer las cosas bien, como se ha visto en esta JMJ: bellos escenarios, excelentes y modernas coreografías y, sobre todo, cercanía y respeto. Con algún gesto grandilocuente (que tanto gusta a los portugueses), como la parada militar ofrecida por el presidente de la República, católico convencido, al Papa más antimilitarista de la historia.
Estos son los principales protagonistas del mayor éxito eclesial de los últimos tiempos:
La fe
En forma de espectáculo masivo, pero, al fin y al cabo, demostración de religiosidad. Y, aunque la fe sea un sentimiento personal, se vive en pueblo. Y aquí hubo una multitud bíblica de millón y medio, que rezó y mucho. Y expresó su amor a Dios, fundamentalmente en varios momentos cumbres: el Via Crucis, las confesiones, la misa de clausura de la JMJ y la adoración el día de la vigilia.
Los jóvenes
Fueron los protagonistas principales. Una juventud cristiana nada ñoña ni beata. Jóvenes normales, alegres, divertidos, multicolores, pacíficos y hasta serios y responsables. Jóvenes con ganas de encontrar sentido a sus vidas en la oferta del Evangelio. Jóvenes dispuestos a escuchar al Papa sabio y seguir sus consejos. Jóvenes con inquietudes. Unos jóvenes que se dieron un chute de autoestima y comprobaron, con sus propios ojos, que son muchos, y, sobre todo, que no es raro ni anticuado ni carca ser seguidor de Jesús.
Por su número, destacaron los 100.000 jóvenes católicos españoles, que, a veces, quisieron demostrar su potencia hispana, haciendo de menos a los portugueses. O peor, grupúsculos cantando el 'cara al sol' y el 'que te vote Txapote', extendiendo la cultura del odio y manchando la JMJ.
El Papa
El anciano que ha rejuvenecido. El abuelo-joven, el viejo sabio que cautivó a todos. Con su eterna sonrisa y un aguante excepcional para sus 86 años. Y con sus clases magistrales y divulgativas a la vez. Sentó de nuevo cátedra doctrinal, como viene haciendo desde hace 10 años. Con su lenguaje sencillo, sus gestos más elocuentes que sus palabras, sus intuiciones brillantes, sus bellas imágenes. Vino a seducir, a entusiasmar, a marcar el camino. Con humildad y, sobre todo, con el Evangelio en la mano, para plantear una Iglesia abierta, sin puertas, para “todos, todos, todos”. Y hasta fue capaz de hacer autocrítica antes los abusos del clero y la acogida de la comunidad Lgtbi+.
La JMJ
Antes de Lisboa pocos creían en ella. La tachaban de simple espectáculo y explosión de pirotecnia religiosa. Nadie daba un duro por ésta JMJ, sobre todo después de la pandemia, pero se convirtió en un potente instrumento de evangelización en el siglo XXI. Porque la nueva evangelización, en la época mediática y global, exige actos masivos de este tipo: De autoestima interna y orgullo externo. Son las nuevas misiones, macrofiestas de la fe sin límites. Sin dejarse deslumbrar por el millón y medio de jóvenes, porque, aunque parezcan muchos, son sólo unos pocos en medio de una gran masa indiferente. Nuestras iglesias siguen pobladas de cabezas blancas y calvas y, en ellas, los jóvenes brillan por su ausencia.
Pero siendo conscientes también de que hay futuro para la Iglesia, que puede seguir dando sentido a las generaciones futuras, sin imperialismos de otras épocas, con la humildad de la levadura que fermenta la masa del mundo desde el Evangelio de Jesús.
Lo que le faltó y le falta
Para convertirse realmente en un nuevo y formidable instrumento de evangelización, la JMJ debería orientarse más hacia los alejados. En Lisboa han estado los jóvenes convencidos, los ya ganados para la causa. Y, lógicamente, las Jornadas se centraron en ellos. El paso que falta es salir a la calle y conquistar a los no convencidos. Y aportarles la oferta de sentido del cristianismo.
Por otra parte, la JMJ ganaría un plus significativo, si se centrase más en la solidaridad, en el universo de los pobres y de los oprimidos. Que a las JMJ del futuro no puedan ir sólo los jóvenes con posibles, sino también los más humildes, los de las clases más populares.
Aprovechar el tirón
La JMJ perdurará si responde a un plan pastoral, si hay un antes y un después en el caminar de la Iglesia con los jóvenes. La Iglesia, que está bajo mínimos en imagen y credibilidad social en muchas partes del mundo a causa de la plaga de los abusos, tiene que aprovechar este subidón para cambiar de rostro y poder ofrecer a los jóvenes una Iglesia amable, inclusiva, comprometida con los pobres, samaritana y misericordiosa. Una Iglesia casa del amor, como pedía el Papa. Sin anatemas ni excomuniones. De lo contrario, la JMJ puede ser flor de un día.
También te puede interesar
"El Papa Prevost tiene un potente megáfono moral que debe usar con valentía"
De la tormenta de Francisco al sirimiri de León XIV
Monseñor Iceta, entre la justicia de los tribunales y la misericordia del Evangelio
El drama de Belorado: justicia, misericordia y la puerta abierta al perdón
¿Los rigoristas reconocerán el legado de Bergoglio o buscarán un nuevo anatema para el Papa Prevost?
León XIV y la ilusión conservadora: ¿el fin de un espejismo?
"¿Sinodalidad con todas las consecuencias o una colegialidad a medio gas?"
Sinodalidad y colegialidad en la era de León XIV: ¿Hacia una Iglesia verdaderamente en salida?
Lo último
Más allá de la dicotomía entre cuidado y curación.
Dejarse cuidar
Relación histórica y actual entre curar y cuidar.
Curar y cuidar
Sin comunidades alternativas en la periferia no habrá cambios internos. La historia lo demuestra: ninguna estructura se reforma solo por argumentos. Las reformas nacen cuando existen formas de vida creíbles que muestran que otra Iglesia es posible.
Monacato laico: renovar la iglesia dejando atrás una jerarquía enferma