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Sudán: La Iglesia que da la cara y se juega el tipo

"Escuchando al Papa estaban dos de esos profetas: Los obispos Carlassare y Taban"

"En medio de ese pueblo pobre y sediento de paz viven curas, frailes, monjas, laicos y catequistas, que intentan sanar algunas de las heridas de su gente"

“No somos los jefes de la tribu, sino pastores compasivos y misericordiosos”

Papa saluda obispo sudanés

Las Iglesias de África son misioneras en esencia y, por lo tanto, por propia constitución encarnan a la perfección esas iglesias encarnadas, que “enjugan las lágrimas del pueblo”, que luchan por la paz, que siembran ayuda y misericordia y que, al hacerlo, se juegan el tipo y se exponen al martirio. Nunca ha sido fácil hacer callar los fusiles y poner rosas en los cañones y las bayonetas.

La Iglesia de Sudán comparte a fondo la dramática vida de su pueblo, envuelto en años y años de guerras, primero con el Norte y, después, entre ellos, mientras millones de personas mueren de hambre y viven en campos de refugiados y de desplazados.

Ahí, en medio de ese pueblo pobre y sediento de paz viven curas, frailes, monjas, laicos y catequistas, que intentan sanar algunas de las heridas de su gente. Auténticos samaritanos de principio a fin y catalizadores de las ayudas que llegan de fuera.

Papa y obispos sudaneses

Por eso, el Papa Francisco, siempre atento a las situaciones pastorales concretas, comenzó su intervención ante las fuerzas vivas eclesiales sudanesas haciéndose esta pregunta: “¿Cómo ejercitar el ministerio en esta tierra, a lo largo de la orilla de un río bañado por tanta sangre inocente, mientras que los rostros de las personas que se nos confían están surcados por lágrimas de dolor?”

Y el Papa respondió echando mano de dos de las actitudes de Moisés, el salvado en el Nilo, el gran río que atraviesa el país: “docilidad e intercesión”. Docilidad, para no erigirse en el centro y querer dar respuestas a las injusticias que sufre el pueblo “con instrumentos humanos, como el dinero, la astucia o el poder”.

Es decir, entender que “no somos los jefes de la tribu, sino pastores compasivos y misericordiosos”, que saben quitarse las sandalias ante el pueblo “con humilde respeto”. Y, así, convertirse en “intercesores del pueblo”, “hacerse puentes” entre el pueblo y Dios.

“A los pastores se les pide que desarrollen precisamente este arte de 'caminar en medio': en medio de los sufrimientos y las lágrimas, en medio del hambre de Dios y de la sed de amor de los hermanos y hermanas”. Es decir, mancharse las manos por la gente y todos “juntos”, sin distinciones entre laicos y clérigos, “alzando la voz contra la injusticia y la prevaricación” y las manos al cielo, hasta poner en peligro la propia vida.

Como hicieron muchos sacerdotes, religiosos y religiosas de Sudán, a los que el Papa agradeció “su entrega, su valentía, sus sacrificios y su paciencia”. Y llamó “profetas de cercanía” e “intercesores con los brazos alzados”.

Papa y obispos sudaneses

Escuchando al Papa estaban, entre otros, dos de esos profetas: Los obispos Carlassare y Taban. El primero le dispararon en las piernas, para que no aceptase la mitra. El segundo, Paribe Taban, obispo emérito, fue candidato al Premio Nobel de la Paz y reconocido internacionalmente por ser un autentico “constructor de paz”.

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