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Se ha terminado en Roma la primera parte del Sínodo de la sinodalidad. Un Sínodo a doble vuelta. Con el símil futbolístico, se podría decir que, al ser un Sínodo a doble vuelta, ha terminado el partido de ida con pocos goles. Eso sí, con jugadores participantes, entregados y que lo dieron todo durante un mes entero.
Con algunos jugadores de banquillo, descontentos. Los Müller y compañía de turno, a los que no les gustan las reglas del nuevo fútbol De Dios, ni siquiera el nuevo estadio de una iglesia de puertas abiertas y puerto de misericordia. Y mucho menos el entrenador, al que no escuchan ni respetan ni quieren.
El partido de ida lo ha ganado el equipo del Papa por mayoría abrumadora, pero con pocos goles concretos. En el aire se quedó el sacerdocio de la mujer, el celibato opcional, la bendición de los gays o el cambio en la moral sexual.
Pero que nos quiten lo bailado y lo disfrutado, solo el ver su disposición en el campo de juego del aula Pablo VI. Con sus mesitas redondas. Con cardenalazos y obispos mezclados con curas, monjas y simples laicos, con derecho no solo a voz sino también a voto. Un hito histórico. Y casi sin presidencia. Y con el entrenador en una mesita igual que las demás.
Que nos quiten lo bailado de tantas jugadas espectaculares. Como la de Radcliffe. O la de la hermana Liliana, sin duda una de las estrellas del encuentro. O la de James Martin, posando con Müller. Xogo bonito y emoción a raudales. Eso sí, muchos tiros al palo y pocos goles. Pero está visto que, con estos jugadores y este juego, el partido de vuelta promete una goleada de resultados concretos.
Hay que macerar y madurar lo conseguido durante casi todo un curso. Ahora, el informe sinodal vuelve de nuevo a las bases por diócesis, naciones y continentes, para terminar con una nueva síntesis, que tendrá que estar en Roma antes del verano, para poder celebrar un nuevo mes de asamblea de mesas redondas el mes de octubre del 2024 en Roma.
Los miembros del Sínodo (muchos de los cuales repetirán y otros serán nuevos) tendrán que volver al método de la ‘conversación en el Espíritu’, para verter el agua de la vida al río común del Espíritu. Y tomar decisiones. Y presentar al Papa, que será el último y el único responsable de su aprobación o no, decisiones concretas que plasmen en la realidad católica mundial la tan soñada Iglesia sinodal-puerto de misericordia.
En esta primera vuelta del Sínodo de las mesas redondas (auténtico icono de la nueva sinodalidad eclesial), los padres y madres sinodales se empaparon de este nuevo aire fresco, se expresaron con total libertad, se escucharon a fondo, porque hablaban desde sus sentimientos. Y los sentimientos no se cuestionan ni se debaten.
Y, al final, tomaron algunas propuestas. A mi juicio, las cuatro principales fueron: El rechazo de la bendición de las parejas homosexuales, el aplazamiento de una posible abolición del celibato sacerdotal obligatorio, el cuestionamiento del poder exclusivo del obispo en favor de una ‘corresponsabilidad’ del gobierno eclesial con los laicos, y, por último, una amplia apertura a dar responsabilidades a las mujeres, pero sin definir su estatus dentro de la institución. Asignaturas pendientes para la sesión del 2024.
¿Se podría haber jugado de otra manera, más al ataque y con bloqué alto? Por supuesto, pero eso conllevaría algunos riesgos, como el de un posible cisma promovido por los rigoristas o el de que se tomen decisiones desde las élites eclesiales que, realmente, no sean compartidas por las bases.
La sinodalidad representa un cambio histórico y radical en la Iglesia, a nivel de estructura, de funcionamiento, de estilo, de doctrina (aunque ésta no sea dogmática) y, por lo tanto, de vida. Sólo si este cambio radical y profundo es asumido por las bases, el Papa Francisco podrá decir que toma decisiones con el respaldo y la infalibilidad del ‘santo pueblo fiel de Dios’.
Sólo si la sinodalidad es asumida por parte de cuerpo eclesial mayoritario, el Papa Francisco podrá bendecirla. Si Dios le concede la gracia de seguir para entonces al frente de su Iglesia. ¡Ojalá que sí, porque necesitamos de su empuje, de su clarividencia, de su parresía y de su capacidad profética!
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