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"La China es el gran sueño del Papa Francisco y de la Compañía. Su pasión"
La China es el gran sueño del Papa Francisco y de la Compañía. Su pasión. Bergoglio nunca ocultó su sueño de ser, un día, el primer Papa de la Historia en pisar Pekín. No tanto ni sobre todo por su propia gloria, sino por el presente y el futuro de la Iglesia en Asia y en el mundo.
Y, por eso, desde el principio de su pontificado intenta acercarse a China, con el método del jesuita italiano Matteo Ricci (1552-1610), basado en “la paciencia, la perseverancia y la fe”. Ricci consiguió la apertura pastoral china que, después, fracasó estrepitosamente, por la negativa vaticana a encarnar la liturgia en su lengua. Un enorme error, que alimenta desde entonces la desconfianza china hacia el catolicismo, símbolo de religión occidental.
Tras el desierto religioso del comunismo de Mao y su desembocadura en un comunismo-capitalista, China está sedienta de espiritualidad y el Papa lo sabe. Y está dispuesto a ceder en la cuestión litúrgica e, incluso, en el nombramiento compartido de obispos, en la unión de la iglesia clandestina (siempre fiel a Roma) y la Iglesia nacional (controlada por el partido comunista) o en el nombramiento de un arzobispo jesuita conciliador para la sede de Pekín.
Y Francisco sigue mandando ‘recados’ a China. Esta vez desde la vecina Mongolia. Y por eso, al final de la misa, el Papa volvió a sorprender con uno de sus gestos proféticos, que valen más que mil palabras. Llamó a su lado a los dos arzobispos (el emérito, cardenal Tong, y el actual, de Hong Kong, el cardenal designado Stephen Chow Sauyan, les cogió de la mano y dijo a los presentes y a los televidentes de todo el mundo:
“Estos dos hermanos obispos, el emérito de Hong Kong y el actual obispo de Hong Kong: quisiera aprovechar su presencia para enviar un caluroso saludo al noble pueblo chino. A todos le deseo lo mejor, y que vaya siempre adelante, ¡que progrese siempre! Y a los católicos chinos les pido que sean buenos cristianos y buenos ciudadanos. A todos. Gracias”.
Francisco, una vez más, saluda especialmente “al noble pueblo chino” y le desea que siga progresando en su caminar hacia la cumbre de gran potencia mundial. Y para ello, vuelve a asegurar el apoyo de los católicos y de su Iglesia. Porque los católicos están llamados a ser “buenos cristianos y buenos ciudadanos”.
Y un día antes, en la catedral de San Pedro y San Pablo de Ulán Bator, ya había explicitado aún más ese mensaje: “Los gobiernos (...) no tienen nada que temer de la labor de evangelización de la Iglesia porque ésta no tiene una agenda política”.
¿Será capaz el Papa de convencer a los dirigentes chinos? El Partido Comunista de China teme que cualquier organización pueda socavar su autoridad y durante mucho tiempo sospechó que el Vaticano pueda tener influencia política en los católicos chinos. Despolitizando la Iglesia y poniéndola al servicio del bien común, Bergoglio sigue pensando que aún le queda tiempo para cumplir su sueño y que la Ciudad Prohibida deje de serlo para él.
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