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"Los grandes medios silencian sus denuncias y recogen las anécdotas de sus viajes"
Lesbos, una pequeña isla griega, a tan sólo 20 kilómetros de Turquía, se está convirtiendo en el símbolo o en el icono del pontificado de Francisco. Por eso es el único lugar del mundo (junto a Cuba) que Francisco ha visitado dos veces. Bergoglio sabe que los pontificados son más cortos que las visitas a realizar, sobre todo si, como en en su caso, los viajes se centran en las periferias del mundo. ¡Hay tantas!
Y es que Lesbos, con Lampedusa, el Estrecho de Gibraltar, la frontera México-Usa, el Canal de la Mancha y, últimamente, la frontera de Bielorrusia con Polonia, son las heridas geográficas de los pobres que escapan de la miseria en busca de la dignidad y de un futuro mejor para sus hijos. Los puntos calientes, donde se escenifica a la perfección la cultura de la indiferencia occidental y el cementerio de los sueños de los descartados del mundo. Como un Jano bifronte de la misericordia papal por los emigrantes y el rostro egoísta de la Europa de la cultura de la indiferencia.
“Mi gente es pobre y yo soy uno de ellos”, suele decir Francisco. Pobres, refugiados y emigrantes son los preferidos del Papa. Quizás porque empatiza con ellos. Primero, porque el Evangelio así se lo manda y se lo exige. Y segundo, porque él mismo es hijo de emigrantes y sabe perfectamente lo que significa emigrar tanto en clave de dolor como de esperanza.
En efecto, la familia paterna de Francisco provenía de Portacomaro, un pueblo del Piamonte italiano, a unos 48 kilómetros de Turín. En concreto, sus abuelos paternos, Juan Bergoglio y Rosa Margarita Vasallo, llegaron a Buenos Aires en enero de 1929, tras un viaje en barco que duró cinco meses. El padre del Papa, Mario Bergoglio tenía, entonces, 24 años. Cinco años después conoció a Regina, que también era descendiente de italianos, y se casaron el 12 de diciembre de 1935, día de la Virgen de Guadalupe. Y, como todos los emigrantes, Mario y Regina pasaron estrecheces para sacar adelante a sus cinco hijos.
Quizás por eso, en la mochila vital del Papa van siempre los emigrantes, cuya experiencia acarrea. Por eso, no los olvida jamás. No los puede olvidar. Y, desde el inicio de su pontificado, los pobres, los emigrantes, los descartados se han convertido en el santo y seña del Papa de los descamisados.
Francisco se siente uno de ellos y, por eso, para ellos inventó las tres T (techo, tierra y trabajo), asi como su continuo repetir del derecho de toda persona de llevar a casa el pan ganado con dignidad. Dos ideas que reitera y proclama sin parar, junto a otra de sus famosas tríadas referidas a las obligaciones de los cristianos: “Acoger, proteger e integrar” a los emigrantes, a los que llega a denominar con el evocador apelativo de “la carne de Cristo”. ¿Se puede decir con más hondura y con más radicalidad evangélica?
Y la verdad es que, aunque el clericalismo, feroz enemigo de la radicalidad evangélica, sigue muy vigente en la Iglesia, los mensajes del Papa sobre los pobres y los emigrantes están calando. Como lluvia fina, que se repite desde hace ocho años, y que va humedeciendo amplias zonas eclesiales. Desde Cáritas a la Vida Religiosa, pasando por infinidad de asociaciones samaritanas. Incluso obispos tan conservadores como el de Cádiz, monseñor Zornoza, no quiso (y no pudo) desactivar la delegación diocesana de migraciones.
Eso sí, Francisco sigue contando, en éste como en otros muchos temas, con la oposición cerrada de los ultras, tanto a nivel político como eclesiástico. Desde Vox a amplias franjas del PP, que se proclaman católicos, van a misa los domingos, pero siguen hablando de “invasión” y de levantar muros con muchas concertinas.
Desde la propia emisora de los obispos, su locutor estrella, Carlos Herrera, imparte a diario su 'catecismo neoliberal' y zahiere, sin piedad, a los “ilegales e irregulares”. Con la agravante de que, el catecismo de Herrera lo escuchan a diario millones de personas (y cala en ellas), mientras el de los obispos (los jefes de su micrófono) que abogan por su acogida, no lo escucha casi nadie. ¿Por qué nuestros obispos siguen permitiendo esta flagrante contradicción? Por miedo y por cobardía. Y porque sus asesores, católicos ideologizados, les repiten, una y otra vez, que, para salir adelante y seguir creciendo en el ranking, la Cope tiene que dejar de lado sus principios (y los del Papa), para echarse en manos del 'catecismo de Herrera'.
Es la parte del sistema capitalista, del que el Papa dice que “mata”, que se defiende con uñas y dientes contra la “siembra” de Bergoglio. De tres formas. Primero, descalificándolo con ataques 'ad hominem' e insultos de todo tipo: Papa peronista, comunista, rojo y hasta tonto y hereje.
En segundo lugar y de una forma mucho más sibilina, silenciando sus grandes mensajes a favor de los emigrantes. Como el de ayer en Lesbos: “¡No dejemos que el Mare Nostrum se convierta en un desolador Mare Mortuum! ¡Detengamos este naufragio de la civilización!”
Ni uno sólo de los grandes medios españoles o extranjeros se hicieron eco de estos mensajes. La técnica es silenciarlos, pasarlos por alto. Y, como controlan el flujo informativo mundial, los mensajes papales de denuncia apenas llegan a las grandes masas de la población mundial.
Eso sí y en tercer lugar, los grandes medios no sólo silencian los mensajes esenciales del Papa, sino que, además, resaltan, para taparlos bien, lo anecdótico, lo folclórico, lo morboso. Por ejemplo, en este viaje, todos los medios se hicieron eco del caso de un anciano pope griego que llamó “hereje” al Papa Francisco.
Pero Francisco no se cansa ni tira la toalla. Sabe que el Evangelio de Jesús se lo exige y que el Espíritu del Señor está con él y con los pobres, preferidos del Nazareno. Y que mucha gente de bien, sencilla y que no sale en los medios, tiene alma y vida de buen samaritano. Y trata de cumplir aquella obra de misericordia (de obligado cumplimiento para todos): 'Fui extranjero y me acogisteis'.
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