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"Un Munilla al más puro estilo trumpista. Y, como Trump, jaleado por los suyos, que ponderan su claridad y contundencia de inquisidor"
Se pirra por salir en los medios y en las redes. Y, como todos los integrantes de la fachosfera clerical, José Ignacio Munilla, obispo de Orihuela-Alicante, sabe cómo conseguir titulares. Aprendió, en sus años de prelado de San Sebastián, a arremeter contra todo y contra todos. Y, ahora, que está en una diócesis más tranquila como la levantina, si no tiene enemigos, se los busca.
Todo para mantener su imagen de 'guardián de las esencias doctrinales'. Todo para mantener encandilada a su numerosa parroquia virtual (en la que cuenta con más seguidores que en la diócesis). Y si, para ello, hay que sentar cátedra, cayendo en la ridiculez, se hace, aunque los baculazos no tengan sentido ni medida.
La última ‘fazaña’ de este Quijote de la defensa de la sana doctrina es arremeter contra dos teólogos y un sacerdote novelista. Los dos teólogos son Javier Melloni y Andrés Torres Queiruga; el sacerdote, Pablo D’Ors.
Conozco y leo las novelas de Pablo D’Ors, merecedoras de premios, y conozco bien su espiritualidad de peregrino, basada en la teología del monje Elmar Salmann y plasmada en su comunidad de ‘Amigos del desierto’. Leo y admiro a D’Ors, consejero del Pontificio Consejo de la Cultura, que nos ha descubierto el valor del silencio en el mundo del ruido y la prisa.
Algo parecido me pasa con Javier Melloni, el jesuita experto en teología espiritual, diálogo interreligioso y mística comparada, al que sigo en sus publicaciones y leo sus libros con deleite.
¿Se puede acusar objetivamente de herejes sincretistas a estos dos autores? Lo dudo y, en cualquier caso, tendrían que hacerlo los organismos doctrinales competentes, como la comisión episcopal de Doctrina de la Fe de la CEE. Me parece una desfachatez que un obispo como Munilla, simple licenciado en teología (que, ni siquiera, tiene un doctorado), se atreva a condenar taxativamente al teólogo Melloni y al sacerdote D’Ors.
Y la desfachatez se eleva a la enésima potencia cuando el licenciado Munilla se atreve a condenar también a Andrés Torres Queiruga, uno de los teólogos más prestigiosos no sólo de España, sino del mundo católico. Un teólogo con obra consolidada y que, con sus libros, consiguió abrir el filón de la recuperación de la doctrina cristiana. Un teólogo que confiesa que su trabajo teológico "ha estado siempre presidido por un cuidado exquisito en preservar la fe de la Iglesia, tratando de repensarla con espíritu constructivo"
¿Cómo se atreve Munilla a acusar a los tres eclesiásticos nada menos que de mantener una visión inmanentista del cristianismo y de negar, explícita o implícitamente, la divinidad de Jesús y la veracidad de los Evangelios?
¿Cómo se atreve a acusar a Queiruga de defender “una interpretación subjetivista, inmanentista y no trascendente de la Revelación”? Pues lo hace. Por su mitra y por su báculo.
Y lo hace, a pesar de que la acusación de una "interpretación subjetivista, inmanentista y no trascendente de la Revelación" por parte de Munilla demuestra a las claras una comprensión superficial de la obra de Queiruga, cuyo enfoque busca profundizar en la relación entre Dios y el ser humano, no negarla. La Revelación, tal como la entiende el teólogo gallego, no disminuye la trascendencia divina, sino que la hace más accesible y significativa para los creyentes de hoy.
Hace falta caradura para cuestionar a uno de los grandes (si no el más grande) teólogos actuales vivos. ¡Munilla contra Queiruga! Un claro ejemplo de la desfachatez de la ignorancia y del clericalismo más rancio de un ‘funcionario de lo sagrado’, que se cree elegido para pontificar y condenar.
Una condena sin base alguna, sin asideros teológicos, sin conocimiento de causa y sin quizás haberse leído la obra (profunda) de Queiruga, que no está al alcance de todos los intelectos.
¿Ya no recuerda Munilla que la teología es una disciplina que exige rigor, profundidad y apertura al misterio de Dios? En contra de lo que sostiene Munilla, la teología no se reduce a la repetición de fórmulas dogmáticas, sino que busca comprender y actualizar el mensaje revelado en un contexto histórico y cultural siempre cambiante. Y eso es lo que busca la obra teológica de Queiruga, fruto de décadas de estudio y reflexión: dialogar con la modernidad desde una fe crítica y esperanzada, sin renunciar a la esencia del Evangelio.
Parece, pues, obvio, que se trata de condenar por condenar…para salir en los papeles. Condenar por condenar sin diálogo previo alguno con los condenados (los tres son sus hermanos sacerdotes). ¡Qué insolencia! ¡Cuánta ignorancia! Munilla en su salsa inquisitorial, alejada del Evangelio y que se da de bruces con el pontificado de la misericordia de Francisco. Un Munilla al más puro estilo trumpista. Y, como Trump, jaleado por los suyos, que ponderan su claridad y contundencia de inquisidor.
¡Que alguien le diga algo a monseñor Munilla, por favor! Que alguien le diga que tirar piedras contra el tejado de la Iglesia que dice defender, en estos tiempos en que su imagen y su credibilidad se arrastra por los suelos, no es conveniente ni justo ni necesario.
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