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Una visita pastoral, acompañada de un guiño a Rusia y a China
Mongolia, aprisionada entre Rusia y China, es un país precioso, que, según el Papa, se disfruta con los sentidos. Un país enorme, escasamente poblado y con tan sólo 1.500 cristianos en números redondos. ¿Cuáles son las razones que han movido al Papa Francisco para elegirlo como destino de su visita, a pesar de su pequeño rebaño, de su maltrecha salud, de su silla de ruedas y de sus 86 años?
Primero, por una cuestión pastoral. Las periferias y los pobres son el alma y el corazón de su ya largo pontificado. Y Mongolia es una de las periferias de Asia, a pesar de su glorioso pasado. Francisco morirá fiel a su promesa de ir, de entrada, a los países periféricos y, sólo terminados éstos, a las grandes naciones del mundo. Y países de la periferia son la mayoría y, a pesar de haber visitado bastantes, todavía le quedan muchos más, antes de comenzar con los grandes.
La lección pastoral es evidente: las masas no cuentan. Ser cristiano no es cumplir unos ritos, sino seguir a Jesús. Lo importante no son los números, sino la levadura en la masa, imagen perfecta, para el Papa, del cristianismo que quieren el Jesús del Evangelio y el Papa de Roma en estos momentos de la historia. El pequeño rebaño del pastor que conoce por su nombre a las ovejas, las mima, las cuida y las conduce a verdes praderas.
Un canto a la pastoral de proximidad, a la evangelización por ósmosis, por contacto, por testimonio, que, al fin y al cabo, es la única que convierte y la que cala en el corazón. Como la de los primeros cristianos.
¿Alguna otra razón de tipo geoestratégico-político? De entrada, no sería descartable en un Papa al que algunos definen como un “animal político”. Un referente de la buena política. De la política al servicio de la gente y del bien común. De la política como arte de la amistad social.
En esa clave, está claro que el viaje a Mongolia puede ser un guiño (buscado o no es otro cantar) a la Rusia que, por intentar defender su soberanía y su espacio vital, se ha lanzado a una guerra fratricida y de ocupación, con ínfulas de reivindicación imperialista. Un guiño de amonestación, para decirle sutil e indirectamente que ése no es el camino, que la guerra no arregla nada y lo destruye todo, que las diferencias, en plena era atómica, sólo pueden sustanciarse con el diálogo.
Y, por supuesto, la visita a Mongolia es también un acercamiento, una aproximación a la gran China. Entrar en China, derribar el llamado telón de bambú. Los últimos Papas han soñado con Pekín. Todos, al menos desde Pablo VI en adelante. Y Francisco, con un interés especial. Como miembro de la Compañía, siguiendo la estela de Matteo Ricci, un jesuita italiano que fue el primer misionero cristiano occidental en tener un impacto significativo en la corte imperial china.
En el corazón del joven jesuita Bergoglio siempre estuvo la llama ardiente de la evangelización en Asia, tras las huellas de Ricci y, sobre todo, de Francisco Javier. De hecho, pidió ir de misionero a Japón y sus superiores no se lo concedieron por sus problemas de salud.
Francisco sabe que China es la llave para la penetración en profundidad del cristianismo en Asia. Y que el cristianismo no será plenamente universal, mientras no consiga empapar la India y la China. En la India puede entrar y moverse con relativa libertad, pero no consigue una eficaz penetración en las capas medias y altas, frenado sobre todo por las raíces hinduistas y budistas.
En cambio, la China está virgen religiosamente hablando. Tantos años de dictadura comunista barrieron a las religiones tradicionales y el Papa sabe que, en medio del actual resurgir de la espiritualidad, el catolicismo tiene que posicionarse como una opción más, que puede dar sentido a la vida de la gente. Poner el Evangelio al alcance de unos 3 mil millones de personas. Más de un tercio de la población mundial.
En Mongolia, pues, con un ojo en Rusia y otro en China. Pekín y Moscú, los dos sueños que quizás todavía pueda alcanzar Francisco. El tiempo apremia y él lo sabe. Para eso, como para sus grandes objetivos, el Papa lo pondrá todo de su parte y, sobre todo, se pondrá en manos del Espíritu. El llamará a las dos puertas. ¿Le abrirán?
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