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El prelado vasco escenifica la ruptura del sistema del encubrimiento clerical
Es joven, suficientemente preparado y con la mochila repleta de calle, de vida y de pueblo. Tanto en España como en Latinoamérica. Porque Joseba Segura, obispo de Bilbao, sabe bien, por experiencia propia, que en la calle es donde se juega el sentido de la existencia. Y a la intemperie de la calle (en este caso de la catedral) ha vuelto a salir el prelado, para abrazar a las víctimas, llorar con ellas, pedirles perdón y ponerse a su orden, a lo que manden, a lo que necesiten, a lo que deseen, a sus pies. Con saco y ceniza. Avergonzado y roto por dentro.
En un acto oracional sencillo, pero donde se cortaba el dolor de los abusados (con algún testimonio estremecedor), el obispo quiso visibilizar a las víctimas, hasta ahora invisibles para muchos jerarcas. Y dejar constancia, para la posteridad, con una placa y un olivo (depositados en una capilla lateral del templo), que también ellos, las víctimas, son Iglesia y, por serlo, fueron abusados por lobos disfrazados de ovejas.
Cuando otros obispos siguen tapando o, en la mayoría de los casos, mirando para otro lado…Cuando muchos obispos siguen pensando que ‘eso de los abusos en la Iglesia no es para tanto’, ‘que han sido pocos en comparación con otras instituciones’, ‘que los casos de clérigos los ha inflado El País’, ‘que los enemigos de la Iglesia sólo quieren esparcir basura sobre ella’, ‘que aunque entre sus miembros haya habido depredadores, la Iglesia es santa’…
Cuando lo fácil es no significarse, porque, en el estamento clerical, se teme más lo que puedan decir los compañeros obispos que lo que piense el santo pueblo de Dios y, mucho menos, el dolor sin cicatrizar de los abusados…
Cuando lo cómodo sería hacer como los demás, Joseba Segura rompe el círculo y se sale del cerco clerical, que pone por encima de las víctimas el supuesto bien (y la imagen pública) de la institución.
El prelado vasco rompe las filas episcopales, para estrechar las manos y el corazón de los abusados, secar las lágrimas, acompañar a las víctimas y escuchar su dolor, su llanto, sus reproches, su ira e, incluso, su indignación contra el mismo Dios, que permitió el abuso de tantos inocentes en su propia casa o en la casa de los que dicen que le representan.
Ese es el camino: Verdad, justicia y reparación de todo tipo, incluida la económica, por supuesto. Y tolerancia cero. Porque nadie puede prometer que no vuelva a haber un abusador en las filas del clero (manzanas podridas las hay en todos los estamentos), pero lo que sí pueden hacer los obispos es aplicarles todo el peso de la ley, echarlos de la comunidad eclesial, ofrecerles un lugar apartado para curarse y arrepentirse de sus delitos
Y, sobre todo, asegurar que se ha terminado para siempre el sistema generalizado de encubrimiento e impunidad con tanto cura pederasta. “¿Si sabías que eras pederasta, por qué te metiste a sacerdote? ¿Por qué manchaste el buen nombre de la Iglesia católica y de su Dios?”, gritó un abusado, Joseba Imanol Ibarra, en la ceremonia al nombre de su abusador, José Luis Pérdigo de Ygual. Y la pregunta rebotaba en las bóvedas y se clavaba directa en el corazón de los presentes.
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