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"Será el gran legado de Francisco al mundo y a la Iglesia: un proceso sinodal imparable"
Revolución promovida desde la base, desde el ‘santo pueblo de Dios’ y alentada desde la cúpula papal. Así se presenta el Sínodo. Un fenómeno, en sí mismo, inédito en la Historia. Francisco quiere que la Iglesia pase, de una vez por todas, de la pirámide al poliedro y, de esta forma, romperle la espina dorsal al clericalismo y que florezca una Iglesia samaritana, en salida y, sobre todo, sinodal. De todos y para todos.
Una revolución primaveral en toda regla, la insinuada por el Instrumentum Laboris del Sínodo: que, por ahora, no son más que propuestas a debatir. Pero ya se empieza a escuchar el ‘llanto y el crujir de dientes’ de los rigoristas, que, sin duda, irá a más. Pero, nadie puede parar la primavera en primavera, sobre todo si va en alas del Espíritu.
Será el gran legado de Francisco al mundo y a la Iglesia. Su concilio sin concilio. O el preludio del Concilio Vaticano III. Si la salud le permite (Dios lo quiera) llegar a 2025, habrá conseguido poner en marcha un proceso sinodal imparable, que va a cambiar el rostro de la Iglesia, adecuarla al Evangelio y hacerla significativa para la gente de hoy y para poder seguir dando sentido a sus vidas.
Porque lo fundamental, a mi juicio, del Instrumentum Laboris no es tanto (que también) el abordaje de las ‘cuestiones disputadas’, como el celibato opcional o el diaconado de la mujer, sino el cambio de modelo eclesial. O mejor dicho, la vuelta al modelo circular del Vaticano II, desactivado durante el reino de la involución de Juan Pablo II y Benedicto XVI.
Si el Sínodo aprueba la hoja de ruta de este documento (y es muy probable que así lo haga), va a dar la vuelta como una tortilla a la estructura tradicional de toma de decisiones en la Iglesia, que se basará más en el pueblo de Dios que en la jerarquía de la Iglesia. Desaparece la ‘clase de tropa’ (que predica el 'Camino' del Opus Dei) y el bautismo dignifica a todos los creyentes por igual. Sin casta, sin clases.
Habrá resistencias enconadas. El propio documento reconoce que durante y después de las asambleas sinodales de octubre de 2023 y 2024 habrá sin duda “tensiones”. No en vano se trata de acabar con la jerarquía del poder en la Iglesia, para convertirla en una jerarquía realmente de servicio. Que se acaben los obispos dueños y señores, para que sepan caminar con el pueblo: unas veces detrás, otras, en medio y otras, delante.
Por eso, el documento pide que se revise el rol de los obispos en la dirección de sus diócesis, para que no caigan ni en la anarquía ni en la dictadura actual en cuanto a su forma de regir las diócesis. Más aún, hay que revisar los criterios de la selección de obispos, pensar en perfiles más sociables y sociales, servidores, pastorales y entregados, asi como acostumbrarles a la transparencia y a rendir cuentas a sus fieles.
Otro tipo de obispo, que hay que formar, como dice el documento, desde el seminario en el servicio y en la sinodalidad. Para que los curas dejen de creerse los elegidos y pasen, de una vez, a ser los servidores de la comunidad.
Se trata de dejar de mirarse al ombligo y de ser continuamente autorreferenciales, para colocar a los pobres (de verdad) en el centro de la comunidad, asi como a los emigrantes y, en general, a todos los tirados en la cuneta de la vida y de la historia.
Y, para eso, las parroquias tienen que reconvertirse y pasar de ser meras expendedurías dispensadoras de sacramentos a casas comunes de acogida, misericordia y amor, donde quepan todos, incluidos, por supuesto, los gays, los divorciados vueltos a casar o las víctimas de los abusos sexuales del clero.
Un cambio radical, que implica el que los párrocos dejen de ser los únicos funcionarios de lo sagrado, para convertirse en servidores del pueblo o del barrio. Y, por lo tanto, la apertura de los ministerios a los laicos.
Ante este cambio de fondo y estructural, ya parece que se quedan cortas las demandas históricas de la gente al Sínodo, pero muchas de ellas son las que concretan la revolución sinodal.
Desde el diaconado de la mujer, a la ordenación de hombres casados, pasando por el celibato opcional o la acogida de los divorciados vueltos a casar o de la comunidad LGTBI.
Si a todo eso añadimos la revisión de le moral sexual y, además, que los cambios adoptados sean asumidos y queden reflejados en el Derecho Canónico, estamos hablando de otra Iglesia. Una Iglesia que, tras tantos años de enfrentarse al mundo, se acerca a él, para amarlo y ofrecerle el Evangelio. Sin imposiciones, sin proselitismo y con mucho testimonio de fraternidad. Volvemos a la Iglesia primitiva. Volvemos al Evangelio del Reino. Aunque el Sínodo sea sólo un primer paso. Pero un paso fundamental, que marca el camino de la primavera.
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