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"Un presidente y un Papa católicos para soñar en la posible construcción de un mundo mejor desde el Evangelio"
Es tan sencillo, tan humano y tan cercano que, en Portugal, nadie le llama presidente y, mucho menos, Excelentísimo Señor Presidente de la República. Todos los portugueses le llaman Marcelo a secas. Porque Marcelo Rebelo de Sousa no necesita el don por delante. Tiene don y es un don en sí mismo. Una buena persona que ha calado en el corazón de la gente, poniendo al poder (y él, en un régimen semipresidencialista como el portugués, lo tiene, y mucho) al servicio del pueblo.
Es tan buena persona que García, el periodista, le llamaría ‘abrazafarolas’. Sus paisanos, de hecho, le tachan de besucón. Su amabilidad le brota espontánea. Una amabilidad de buena persona, que no se cree más que nadie.
Quizás por eso conecta tan bien con el Papa Francisco. Son dos almas gemelas en muchas cosas. Y por eso, desde que el Papa bajó del avión que lo llevó a la JMJ de Lisboa, a pie de escalerilla le estaba esperando Marcelo, para saludarlo tan efusivamente, que las dos manos cogidas de ambos parecían ramas de árboles dándose la más calurosa de las bienvenidas.
Marcelo tiene dos cosas que le encantan al Papa: Es un político cristiano de los pies a la cabeza. De los que creen en la política no como poder, sino como servicio y como arte para lograr el bien común, el bienestar de los más necesitados o la redistribución justa de la riqueza.
Y Marcelo es un creyente de misa dominical, que predica, cuando tiene que hacerlo, pero que también da trigo. El trigo del ejemplo y del testimonio. Con principios claros, que defiende por todos los medios (como en el reciente caso de la ley de la eutanasia aprobada por el Parlamento luso y bloqueada en varias ocasiones por el presidente), pero con un marcado acento social. Cree, de verdad, que los pobres son los auténticos vicarios de Cristo. Y coloca su dignidad en el centro de su quehacer político. Igual que el Papa.
No es un meapilas al uso. No es uno de esos políticos católicos de misa y olla, que presumen de defender la vida, pero cierran las fronteras a los emigrantes y se niegan a aumentar el sueldo mínimo de las clases trabajadoras más necesitadas.
Marcelo es un católico convencido, pero no se da golpes de pecho. Y menos en público. Serio y consecuente, no esconde sus convicciones de creyente. Más aún, se enorgullece de ellas. No es un católico vergonzante, aunque tampoco va por la vida política dando lecciones o creyéndose superior. No va de iluminado o elegido. Y eso es algo que le encanta al Papa Francisco.
Por eso, el feeling es total entre ambas personalidades. Las atenciones, las caricias, los cariños, tanto en público como en privado, son continuos. Bromean, se ríen juntos, se cuentan chistes y lo comparten casi todo. Marcelo parece el mayordomo del Papa. De un Papa al que admira y del que acaba de decir que “tiene ese espíritu latinoamericano que es imparable”.
Marcelo y Francisco, dos grandes hombres que están transformando las instituciones que presiden y la forma de presidirlas. El Papa ha cambiado la faz de la Iglesia y sus estructuras. Después de él, ya nada será como antes: la Iglesia ha dejado de ser piramidal, para pasar a ser circular o sinodal.
Marcelo ha cambiado la forma de ser presidente de la República y ha acercado la institución a la gente y le ha vuelto a dar sentido en profundidad. Un sentido de proximidad, cercanía, dedicación y servicio. En su cercanía con los portugueses, Marcelo ha hecho suyas varias causas sociales, como los "sin techo" o los refugiados, y se ha involucrado en el tercer sector. Un presidente y un Papa católicos para soñar en la posible construcción de un mundo mejor desde el Evangelio de Jesús, el Nazareno, el amigo de los pobres.
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