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"Una ceremonia que escenificó la laicidad positiva y predicó la fraternidad universal y un canto a la esperanza"
Magnifique, diría un francés. Y añadiría, seguramente: a la altura de la grandeur de Francia y del poder cultural de la Iglesia católica. Éste puede ser el resumen de la ceremonia de la ‘resurrección’ de la catedral de Notre Dame de París, reina de las catedrales y símbolo de tantas cosas.
Ayer, invitado por la Televisión Francesa, estuve comentando para Latinoamérica la ceremonia del renacer de una catedral emblemática, junto al restaurador Raimundo Portillo y al arquitecto Alejandro Arredondo, que participó directamente en la reconstrucción del templo.
Una ceremonia larga de más de dos horas, pero elegante, lucida y, quizás, un tanto elitista. Ante el poder político y económico. Los más ricos de los ricos. Allí estaba la creme de la creme mundial: Desde Trump a Zelenski, pasando por Meloni, el príncipe heredero de Inglaterra o los reyes de Bélgica, entre otros. ¿Por qué no asistieron los Reyes de España? Sí estuvo, en cambio, monseñor Vives, arzobispo de la Seo de Urgell y copríncipe de Andorra.
Evidentemente, los grandes de este mundo, presididos por Macron, ocupaban los primeros puestos de la reluciente catedral. Inmediatamente después de ellos, los grandes donantes. Desde Elon Musk a Bernard Arnault y una larga lista de millonarios, que ofrecieron la mayor parte de los 840 millones de euros que se recolectaron para la reconstrucción. Dios y el dinero, siempre tan cerca y tan supuestamente lejos.
También hubo referencias a los pequeños donantes de todo el mundo, a los que tanto Macron como monseñor Ulrich, el arzobispo de París, agradecieron sus aportaciones. En esta misma línea y quitando elitismo a la celebración, la catedral recibió y aplaudió durante largos minutos a los bomberos, vestidos de rojo, que salvaron a la catedral del colapso, jugándose la vida, asi como a los más de 2.000 artesanos de diversos oficios que la reconstruyeron tal y como era.
Varios momentos álgidos en la ceremonia. El primero, cuando el arzobispo Ulrich golpeó con su báculo de madera con una esfera azul resplandeciente en su cabecera por tres veces la puerta de la catedral y pidió que se abriese.
El repique de las campanas, replicado en otros muchos países que, en ese momento, hicieron tañer las de sus principales templos.
El discurso del presidente Macron, reconociendo que nada es imposible para un país como Francia, cuando hay voluntad política, y glosando el lema francés de la libertad, la igualdad y, sobre todo, la fraternidad universal, en un discurso con un cierto deje masónico.
El discurso del Papa, leído por el Nuncio en París, en el que Francisco invitó a mantener una catedral de “puertas abiertas”, casa de todos y para todos, asi como “un signo profético de la renovación de la Iglesia en Francia”.
Llamativo también el diálogo (demasiado largo, para mi gusto) entre el arzobispo de París y el órgano de la catedral, restaurado y que llenó de melodía las inmensas naves del templo. O la naturalidad con la que monseñor Ulrich agradeció vivamente a Macron su decisión y su esfuerzo en favor de la reconstrucción, asegurando que, sin él, no hubiese sido posible.
En la laica Francia, daba gusto ver el perfecto entendimiento Estado-Iglesia en favor de un objetivo superior. Cada cual en su sitio, pero sin que los políticos hagan gala del catolicismo vergonzante que prima entre nosotros y sin que a la Iglesia le duelan prendas en reconocer públicamente la ingente ayuda del Estado.
La catedral está más reluciente que nunca y restaurada tal y como era. Eso sí, con algunos detalles nuevos, quizás como un guiño a la modernidad. Entre ellos, el altar en forma de cúpula invertida (¿masónico?, como dicen algunos), el atril o la sede del arzobispo, asi como las casullas y capas pluviales, obra de Castelbajac. Paramentos litúrgicos excesivamente coloridos y poco elegantes para mi gusto, pero que, sin duda, llamaron la atención.
En definitiva, una ceremonia elitista (por eso el Papa optó por no ir a París y, en cambio, irá a la periferia de Córcega), cargada de simbolismo, que escenificó la laicidad positiva y predicó la fraternidad universal y un canto a la esperanza en un futuro mundial mejor.
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