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Por una movilización general de los católicos españoles ante la negativa de sus obispos a investigar la pederastia clerical
Dicen que el pueblo español es anticlerical casi por naturaleza y que “va siempre detrás de los curas con un cirio o una estaca”. Hablar mal de los curas y hasta blasfemar contra Dios y la Virgen sigue siendo un deporte nacional. Quizás por eso, la Iglesia católica española casi nunca tuvo buena imagen. La única etapa en la que la credibilidad social de la Iglesia lograba las máximas cotas del ranking de confianza social en las instituciones fue la de la Transición, liderada por el añorado cardenal Tarancón. Desde entonces, sigue anclada en los últimos puestos, al lado de los políticos.
Pareciera, pues, que no cabría mayor descrédito, pero la jerarquía española ha conseguido el 'peor todavía', por empeñarse en continuar anclada en la cultura del silencio y del encubrimiento y por negarse a investigar y a resarcir a las víctimas de la lacra de los abusos del clero. A lo sumo, lo que intentan hacer con el encargo hecho hoy mismo por la CEE al bufete Cremades-Calvo Sotelo es una investigación controlada, dado que Cremades es un claro simpatizante del Opus Dei. Es decir, los obispos no sólo se prestan a esta maniobra, sino que la contratan. ¿A quién pretenden engañar?
Por otro lado, siempre se ha dicho que “vox populi, vox Dei” (la voz del pueblo es la voz de Dios) o, como suele decir el Papa Francisco, “el santo pueblo fiel de Dios”. A ese santo pueblo fiel de Dios ha acudido Bergoglio, al convocar un Sínodo sobre la sinodalidad, una especie de Concilio disfrazado de Sínodo, con el que se quiere dar la palabra a los fieles, a los católicos de a pié.
Porque la Iglesia es más que la jerarquía y la razón de ser de ésta última es ponerse al servicio de la comunidad. Por eso, parece haber llegado la hora de convocar al santo pueblo de Dios, sabedores de que la sociedad española no perdonará jamás a la Iglesia, mientras no reconozca sus delitos, los cuente (por mucho que duela la cifra global de la ignominia), los investigue, analice sus causas y consecuencias, pida perdón de verdad y de corazón y los repare cueste lo que cueste. Las víctimas primero y por delante del mayor bien de la institución.
Si no recorre este camino penitencial y de conversión, la jerarquía hará cargar a la institución con la mochila de la sospecha y del baldón social durante generaciones y quedará desautorizada e invalidadada para cumplir su objetivo de anunciar el Reino de Dios y la buena nueva del Evangelio. La sal se volverá insípida.
Parece evidente que la jerarquía de la Iglesia no quiere, no sabe o no puede recorrer este camino de conversión (que implica, asimismo, la revisión de la historia reciente y del matrimonio entre Franco y la Iglesia y sus privilegios añadidos). Es hora de que se movilicen las bases católicas. Es hora de que surja un potente clamor popular que exija esta conversión a la jerarquía y haga ver a la sociedad que la Iglesia es más que sus timoratos obispos. Y éstos, como dice el Papa, tendrán que ir por detrás o en medio y seguir al pueblo, ya que no son capaces de ir por delante de él.
Que reviente el clamor, que se movilicen las bases católicas desde las parroquias a las cofradías, pasando por congregaciones, instituciones y organizaciones de todo tipo y condición, para pedir verdad y justicia y transparencia.Vamos a levantar la voz, decir basta y empujar a una investigación como la que se ha abierto en otros países y como la que pide el Papa. Si no lo hacen los católicos desde dentro, lo hará la sociedad civil desde fuera y la Iglesia en su conjunto tardará años en levantar cabeza.
Una movilización para limpiar de una vez y a fondo. Para reconocer que la institución sirvió de paraguas y de cobijo a tantos lobos disfrazados de pastores. Para confesar que, durante décadas, se vivió en la cultura del silencio y del encubrimiento del tan traído y llevado “los trapos sucios hay que lavarlos en casa”.
Aquella época en la que se decía que había que evitar el escándalo por encima de todo o que el obispo es un padre para sus curas y un padre no puede denunciar a sus hijos ante la Justicia por muy malos que éstos sean. Olvidando el anatema de Jesús hacia los depredadores sexuales: "Ay de quien escandalizare a uno de estos pequeñuelos; más le valdría atarse una piedra de molino al cuello y arrojarse al mar" (Mt. 18,6)
¿Cómo poner en marcha esta campaña de movilización eclesial?
Para movilizarse, los católicos de base deberán activarse y, ponerse en marcha, si de verdad quieren salvar a su Iglesia, conscientes de que sólo ellos lo pueden hacer. Para eso, tendrán que levantar su voz y hacerse oír por el clero y por los obispos en cualquier lugar y circunstancia: en templos, cofradías, santuarios, ermitas, conventos, colegios, fiestas patronales y de la Virgen, concentraciones, peregrinaciones y encuentros.
Por si eso no fuese suficiente, tendrían que inundar los obispados y la sede de la Conferencia episcopal española de cartas, llamadas, emails y wasaps, para pedir a sus obispos que les escuchen y que se suban al carro de esa enorme comisión de la verdad. Y, después, hacer lo mismo con la Nunciatura española en Madrid y con el propio Vaticano. Que se enteren en Roma, que lo sepa el Papa Francisco.
Y, por último, acudir a los medios. A todo tipo de medios, tanto a los especializados en información religiosa como a los generalistas, especialmente a las cadenas de televisión y a la cadena Cope. Si bombardean con notificaciones la cadena de los obispos, éstos no tendrán más remedio que escucharlos. Porque la jerarquía teme más a los medios que al mismísimo infierno.
En Religión Digital llevamos años predicando con el ejemplo, denunciando los casos de abusos que nos llegan y apoyando a las víctimas en la medida de nuestras posibilidades. Por intentar destapar y limpiar, nos han llovidos palos y reproches, incluso por parte de algunos bienintencionados. Y seguimos firmes en nuestro empeño., para que los católicos de base puedan hacer oír su voz y en la sociedad española resuene el clamor de la Iglesia y del santo pueblo de Dios. Porque sabemos y creemos que sólo “la verdad nos hace libres” y que el cristianismo, fundado por una víctima, es la religión de las víctimas.
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