'Sólo Javier'
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Enrique Sueiro publica una penetrante investigación sobre las falacias vomitadas sobre España
Para quienes consideramos a Aristóteles un sólido referente intelectual, la verdad es la adecuación entre la realidad y el intelecto (adaequatio rei et intellectus). Por el contrario, quienes -aun sin haberle leído- son discípulos de Hegel, la verdad es algo meramente instrumental, oportunista. A saber, lo que ahora me interesa para los propios objetivos. Bien lo expuso el alemán cuando ante la recriminación de un miembro del tribunal de su tesis doctoral de que no era real, la respuesta encabritada fue:
-¡Pues, peor para la realidad!
En las aciagas jornadas que estamos viviendo, lo cotejamos a diario en las noticias con las que el sanguinario Putin desinforma sobre la bárbara invasión rusa de Ucrania o en las boberías emitidas por sus franquiciados ideológicos cubanos, venezolanos, bolivianos o españoles. No en vano, el comunismo es la ideología que de forma más afinada ha seguido a pies puntillas las espurias propuestas del germano.
Aunque han tenido predecesores. Uno de los primeros expertos en confundir la opinión pública fue Julio César con su Guerra de las Galias, dictadas en tercera persona con el objetivo de sublimar sus actuaciones en aquel genocidio. El dictador corso Bonaparte fue otro experto mendaz. Sensacional es, para evidenciarlo, el libro de Antonio Manuel Moral Roncal, Pío VII. Un papa frente a Napoleón (Sílex).
Enrique Sueiro, uno de los mayores expertos en comunicación médica y directiva, además de afanoso estudioso, acaba de publicar una penetrante investigación sobre las falacias vomitadas sobre España por foráneos y nacionales envilecidos o llanamente nescientes. Su anterior obra -Brújula Directiva. 25 horizontes (Eunsa)- fue también un trabajo de miniador en el que seleccionó y analizó a los que considera 25 principales referentes para el gobierno de las organizaciones (management).
En 'Mentiras creíbles y verdades exageradas' (esmeradamente editada por Kolima), Sueiro propone reflexiones audaces y sólidamente documentadas. Se enfrentan a cara descubierta a ridiculeces transformadas en lugares comunes. Las cuestiones se suceden a cada cual más apasionante: desde el análisis del desquiciado dominico Bartolomé de las Casas a la modélica brega de miles de religiosos que sí acudieron a sembrar la fe en Cristo a millones de aztecas e incas, entre otras innumerables etnias precolombinas.
El crisol del rigor es particularmente acendrado en las páginas que se detienen sobre la inquisición, un tribunal que hoy en día resulta obviamente extemporáneo, pero que en su momento fue de los más livianos. Para entender esa afirmación es preciso haber dedicado muchas docenas de horas a haberlo verificado. Sueiro lo ha hecho y lo traslada con una ágil prosa a quienes no se conformen con gansadas y superficialidades.
Las páginas dedicadas al análisis del enfrentamiento de Felipe II y Antonio Pérez se leen como si de una novela se tratase. Al igual que el apartado centrado en desbrozar los sucesos de la Armada española.
Como bien señala el ensayista, la configuración sucesiva de bloques entre las potencias europeas contribuyó a la difusión internacional de la imagen de España. Los protestantes se cebaron con menosprecios, porque no sin acierto muchos identificaron a España con la religión católica. Como se señala a lo largo de la obra que estoy comentando, la comunicación ha sido una asignatura pendiente tanto desde el punto de vista político como religioso. Por lo demás, con una aplicación extremada del principio de poner la otra mejilla cuando golpean en la primera, no se ha invertido en propaganda contra sus enemigos.
Sueiro detalla que ser veraz no es limitarse a mantener una equidistancia entre dos falacias. Por ese motivo, estimula a diversos retos a quienes no se contentan con afirmaciones epidérmicas. Entre otros:
1.- Adaptar la percepción a la realidad, no a la inversa.
2.- Dilucidar entre mentira y verdad exagerada.
3.- Enfrentarse a la falsedad que supone no tener en cuenta una verdad omitida.
4.- Contrastar los datos, brindar contexto y embridar las emociones.
5.- Aprender a comunicar de manera adecuada la reputación.
6.- Ponderar de forma apropiada lo meramente anecdótico.
Entre las diversas virtualidades de este libro se cuenta que el autor soslaya la visceralidad. La lectura de este espléndido ensayo reclama apertura mental para superar presuntas verdades asentadas. Se cumple a la perfección que son precisas muchas horas de reflexión y estudio de un investigador para responder a una pregunta formulada por un indocumentado. Con más motivo si el ignorante se halla enrocado en maliciosas ingenuidades.
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