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Francisco: el papa del siglo XXI
“La asunción de Francisco fue una bisagra para el mundo y la historia”. Ya nunca será igual la Iglesia después de Francisco, el Papa que por fin se tomó en serio el concilio Vaticano II. Es un Papa que los cardenales sí sabían quién era cuando lo eligieron, porque fue buscado como necesario para el cambio, aunque ahora algunos lo rechacen por haberse tomado “demasiado” en serio la tarea. Él ha iniciado un proceso de cambio evangélico que va a fondo y tiene sus costos. Ha abierto las ventanas de la Iglesia para que entre el viento del Espíritu Santo, que nos hace hospital de campaña, Iglesia en salida hacia los pobres y las periferias, lugar de encuentro con todos. Porque “ser católico”, antes que cualquier ortodoxia proclamada, es hacer realidad que “aquí hay lugar para todos”.
Un Papa Feliz y bicho jesuita
Bergoglio, que nunca se hubiera imaginado que iba a ser Papa, se encuentra feliz siéndolo. Su aparente “naturalidad” en tantos gestos, es fruto de un trabajo virtuoso de toda una vida, hábitos operativos formados durante años de espiritualidad jesuita. Su “espontaneidad” es consecuencia de la virtud, la adquisición del hábito bueno, enunciado por Santo Tomás y que produce el obrar bien, rápido, connatural, fácil y deleitable. Su “entrenamiento” en la escuela del amor ignaciano ha sido arduo, por eso “combatir” le es tan sorprendentemente fácil.
El Papado lo ha rejuvenecido, es una máquina de escuchar, de discernir, de aprender continuamente, de convocar a los que saben, se rectifica, afina la puntería en tantos temas nuevos, el conflicto lo fortalece, es un corazón inquieto, vivo, que ama y le interesan las personas más que las ideas o los reglamentos. Liviano del pesado equipaje de la vanidad, puede recorrer grandes distancias espirituales hacia donde el amor de Cristo lo apremia (2 Cor 5).
Francisco no es de la escuela de Maquiavelo como tantos en las Curias, pero tampoco es un ingenuo friqui, ni se casa con cualquiera. Tiene cintura política, tanto por sus numerosos cargos de gobierno a lo largo de la vida como por su “ítalo-argentinidad”, una compleja síntesis de astucia, humor y picaresca pergeñada a lo largo de una vida con el pueblo. Ha transitado las bibliotecas y sabe lo que hay en ellas, pero es el pueblo y su cultura lo que han quedado en su corazón, porque eso de que “la realidad es más importante que las ideas”, en él no es un verso sino una constatación.
Un “inclasificable” para las academias mundiales, para quienes constituye un enigma fuera de sus catálogos pero que ya han comenzado a estudiarlo impactados por su novedad en el asfixiante clima de certezas insuficientes que nos rodea. Basta leer el libro de Emilse Cuda para darse cuenta del interés que despierta en tantos ambientes intelectuales, tradicionalmente alejadísimos de la vetusta y aburrida cultura eclesial, que llena correctas librerías, pero carece de vida.
Le preocupa aquello que hace daño al ser humano concreto, pero no es un quejica ni un profeta de calamidades. Alza su voz profética para descubrir las hipocresías y guitarreos del mundo, su paradigma tecnocrático, consumista, explotador, generador de guerras, insensible a las mayorías que sufren, etc. Pero tampoco tiene pelos en la lengua para hacer una permanente autocrítica a la Iglesia, su clericalismo, su auto referencialidad, su falsa hiper-sacralidad que oculta privilegios, vicios y abusos. Espíritu creativo y rebelde, ha sufrido, ha sido excluido y ha bajado del caballo muchas veces en su vida…y ha aprendido la humildad identificándose con la misericordia de Jesús.
Sinodalidad, Pueblo de Dios para todos
Así como Juan XXIII vio desde el Evangelio, la necesidad de reunirse en un Concilio Vaticano II , Francisco reclama que toda la Iglesia, todos los bautizados vivamos como un Concilio, a través de la participación sinodal. Sin Sinodalidad no hay Comunión, sino sometimiento a los designios de un círculo clerical cerrado, hiper-sacralizado y desvinculado del latido del mundo y de los pueblos.
A Francisco le interesa pasar de esa deformada iglesia brahamánica, manejada por una casta corporativa clerical, inmune a cualquier cambio que lesione sus prerrogativas… a una Iglesia Sinodal que haga realidad la igualdad cristiana del bautismo que nos faculta a ser parte, encontrarnos, escucharnos y dialogar. Ha percibido que estamos en una situación donde no es la gente la que tiene que “hacerse Pueblo de Dios”, sino que son los curas los que tienen que convertirse y comenzar a vivir en ese Pueblo, no por encima y fuera de él.
El Papa es consciente que todos necesitamos conversión siempre e inicia procesos para cambiar estructuras eclesiales que favorezcan una vida más evangélica e integradora. Por ejemplo, hace un par de días, en una entrevista volvía a considerar la discusión del celibato obligatorio y la inclusión de los numerosos sacerdotes casados en una mayor actividad institucional ya que el sacramento del orden sagrado -para siempre- no equivale a celibato y no es así en toda la iglesia católica oriental. De hecho, Francisco trabaja en el Vaticano con algunos de estos curas casados. (vb. Infobae). Esta apertura hacia los sacerdotes casados es algo que aparece por aclamación en todas las asambleas sinodales del mundo, (menos las pocas amañadas por el establishment clericalista de siempre, obvio).
poliedroyperiferia@gmail.com
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