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Postales de familia: El cumple de Martita. ©

Martita tiene cuatro años y va a cumplir pronto cinco. Es la más pequeña de los hermanos. Son las 10 de la mañana de un sábado de agosto, radiante y tranquilo, que quiere hacernos inolvidable el verano que se acaba. La abuela, que supongo estará desayunando en la terraza, me trajo a la niña. Cuidando no despertarla la contemplo antes de irme al baño a asearme. Las horas de sol y de aire de mar se me alargan en su piel morena. Tiempos de playa de los que ayer tarde aún me contaban algo sus padres. .

Pienso en esos dias mientras me ducho.

Como eran las fiestas de la Virgen de agosto, la Asunción, la llevaron a una iglesia votiva. A los pies de su imagen, su madre la llamó:

─ Marta, ven. Vamos a rezar por los abuelos, por toda la familia y, también, por España.

─ Para que no haya malos, ¿verdad?

─ Eso.

Martita se arrodilló, muy pidadosa y concentrada.

Al terminar se santigua más o menos, y se vuelve. Pero en un repente se suelta.

─ ¡Ay! Se me olvidó... ─ y otra vez se arrodilla unos dos minutos.

─ Le he pedido a la Virgen que no coman los tiburones a los que se bañan en las playas.

Evito milagrosamente cortarme por la risa contenida. Me seco la cara y salgo del baño.

.

Martita echada sobre las dos almohadas piensa muy abstraida. Parece del todo espabilada. Viste un pijama de flores azules. Al verme me dice:

─ ¿Ya te has duchado?

─ Sí… ─ le guiño un ojo y me dirijo al armario. ─ Has dormido mucho, ¿eh?, dormilona.

─ Sí... Y me has despertado tú cuando cantabas.

Revuelvo perchas y pienso en voz alta:

─ No sé qué camisa ponerme.

Le enseño una a Martita.

─ ¿Cuál te gusta más? ¿Ésta, o aquella blanca?

─ Ésa.

Me la empiezo a poner.

─ ¡No…! ¡Espera…! La blanca ─ y, atenta y cómplice, mira cómo me queda.

Se pone de pie en la almohada, agarrada al cabecero. Se da vuelta y salta como en las elásticas de una feria. Y, así, saltando, me dice:

─ Abuelo…

─ ¿Qué?

─ ¿Tú tienes novia…?

─ No. La tuve y fue la abuela. Con ella me casé cuando éramos jóvenes.

Previa profunda reflexión, concluye:

─ Por eso yo no puedo ser abuela.

Para que la charla no derive peligrosamente cambio de tema. Sigue saltando en el colchón.

─ ¿Sabes que ya pronto va a ser tu cumpleaños?

─ Sí, ya lo sé... Y voy a invitarte.

─ ¡Aah...! ¡Qué bien! Me gustará mucho.

─ Voy a cumplir cinco años... Voy a ser mayor.

─ Bueno, muy mayor no serás todavía.

Se envuelve en un revoltijo de sábanas. Asomando de entre el lío su naricilla y ojos negrísimos, me aclara.

─ Bueenoo... Como la abuela y tú, no... pero, seré “más vieja”.

─ Y, cuando te hagas mayor, ¿qué quieres ser?

Se sienta, se aparta el pelo de la cara. Y pues que parece dudar, la ayudo.

─ Tal vez... ¿una mamá?

Pasan unos segundos más y como quien exclama ¡Eureka! me espeta:

─ ¡Alta! Quiero ser alta.

¡Ah! Hé aquí el gran problema, me digo.

─ Pero, Marta, tú siempre serás más pequeña que tus hermanos. Eso no tiene arreglo.

Aun así ella insistió en que será alta, de todas todas.

.

Creo que hay que dar término a la conversación y buscar el desayuno.

─ Marta, tenemos que ir con la abuela.

Ella parece pensar en cosas de mayor importancia.

─ ¿Sabes? ─me dice ensoñadora- Va a ser una fiesta muy bonita. Vamos a poner globos en las paredes.

─ ¡Genial! Me pones muy contento.

─ Y en el techo también.

Mirando al techo al tiempo que se examina un pie:

─ Va a ser muy chuli. Y, además, con lacasitos... (Unas grageas de chocolate)

Voy al baño para peinarme y con el propósito de llevármela enseguida a desayunar.

Tardo un minuto, y cuando salgo se ha ido con los globos y los lacasitos, quiero decir que se ha dormido. Es lo que tienen las nietas de cuatro años a punto de cumplir cinco, que se duermen mientras te peinas.

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