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La Feria del Libro y Don Quijote ©

Plano picado y contrapicado: Rizo
17 mar 2015 - 13:17

Escribí este artículo para publicarlo el 23 de abril, cuando se recuerda a Miguel de Cervantes y a William Shakespeare, dos nombres que dieron a las lenguas española e inglesa una belleza universal. Como estamos en plena Feria del Libro será igual de oportuno, aunque, como no podía ser menos, dedicado en exclusiva a Cervantes, por ser el inventor de la novela como género y el padre de tan sublime personaje, espejo del alma de España, como lo es y lo será por siempre Alonso Quijano, el Bueno, más conocido por “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”.

Este articulista no se ve capaz de abarcar la obra que Cervantes regaló al mundo, y menos aún al saber que tantos nombres de fama alabaron la aparición del extraordinario héroe, que lo es, así en presente, el Caballero de la Triste Figura. Sin duda les compensaré de mi pobreza si les traigo al blog algunos, pocos pero representativos. Por mor de imparcialidad escojo los no españoles.

Entre ellos, Enrique Heine, el poeta alemán del siglo XIX que sentidamente recordaba cómo, de niño, al leer que Sansón Carrasco derrota a Don Quijote, salpicaba de lágrimas las páginas del libro.

Otro germánico, ya en los umbrales del siglo XX, el joven vienés llamado Sigmund Freud, quedaba prendado de Don Quijote e insistentemente recomendaba a su novia que lo leyera. Bien podemos imaginar, y creo que no me alejo de la verdad, que su técnica del psicoanálisis se inspiró en esta novela, de la que muchos capítulos se pueden relacionar con sus ensayos del subconsciente o la investigación onírica. Así, de que los molinos sean gigantes y los rebaños de ovejas, ejércitos, nace la simbología de la interpretación de los sueños. A nadie extrañará, pues, que Freud aprendiera español para beber en su genuina frescura las charlas entre Don Quijote y Sancho. El investigador de la mente humana recurre al modelo cervantino para aplicar en las sesiones de psicoanálisis la necesidad de un hablador, como Don Quijote, y de un escuchador, como Sancho Panza. También tuvo que ser Cervantes quien le iluminara los vericuetos del instinto sexual al sublimar la pasión de su héroe hacia una idealizada Dulcinea, superando a la real Aldonza. Digamos que, tal vez, los andantes protagonistas imaginados trescientos años atrás sean acreedores del Dr. Freud, que los tomó como hilo con el que tejer su teoría del psicoanálisis.

Otro caso extraordinario fue el de Mary Shelley, la autora del “Nuevo Prometeo o Monstruo de Frankenstein”, que quiso agradar a su marido con la lectura en el español original de las aventuras locas del tierno y enjuto hidalgo.

Va a ser Albert Einstein, para muchos de inesperada raigambre religiosa, el que incluya entre sus fundamentos culturales, mejor decir espirituales, una escuadra de nombres tocados por el dedo de Dios. Músicos como Bach, Schubert y Mozart, acompañados de sus escritores preferidos, Cervantes y Dostoievski, con los que Einstein confesó sentirse más agradado que con grandes físicos o matemáticos.

Justo a Dostoievski hay que dar aquí el mayor relieve. Es él quien dedica a Don Quijote las alabanzas más bellas. El autor de “El idiota”, "Los hermanos Karamazov", "La alquería de Estepanchicovo" y “El jugador”, en su “Diario de un escritor”, ofrece a nuestro manchego universal líneas tan sentidas, emotivas y hermosas como éstas que siguen:

Para empezar no se puede pedir más.

En las crónicas de septiembre, después de analizar los enemigos que se ciernen sobre Austria, el ruso inmortal se vuelve otra vez a Cervantes.

Al leer estas "divinas palabras" dedicadas por Dostoievski a nuestro Ingenioso Hidalgo comprendemos por qué en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) le eliminaron de los libros de texto.

Siempre me emocionan las páginas finales en que Alonso Quijano el Bueno recupera su cordura. En particular al ver que, como buen hidalgo, poca hacienda le queda para legar a su sobrina. De cuya cuantía no olvida apartar los sueldos debidos a su ama, añadiendo agradecido "más de veinte ducados para un vestido". Sansón Carrasco le compone un epitafio con estos versos finales: «Tuvo a todo el mundo en poco: / fue el espantajo y el coco / del mundo, en tal coyuntura / que acreditó su ventura / morir cuerdo y vivir loco.» Pienso que no siempre será infortunio un vivir loco si al final morimos cuerdos... como Alonso Quijano.

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