Por favor, déjate ser
Propósitos para despertar al "mejor yo"
Un estallido de door atravesado de júbilo
Hay una pregunta que siempre espera respuesta cuando se acerca la Semana Santa andaluza. Ante tanta explosión de lujo, oro, música y perfume a naranjo, cera e incicenso; ante sus Vírgenes llorosas y sus Cristos sangrantes; ante la invasión de una penitencia que es al mismo tiempo derroche, espectáculo y puesta en escena: ¿qué puede más en este acontecimiento, el dolor o la alegría, la cruz o la Pascua?
La incomprensión procede sobre todo de extranjeros creyentes, más que turistas, o de españoles del norte, acostumbrados a unos desfiles más austeros. Yo les suelo responder que la nuestra es una síntesis, a mi modo de ver muy teológica, de los dos tiempos litúrgicos de pasión y resurrección.
Habida cuenta de que para nosotros, metidos en la historia, Jesucristo ya ha resucitado, sería absurdo celebrar solo el dolor redentor, centrándonos en un sufrimiento sin esperanza, como, por otra parte, reducirla a pura jarana, cuando la vida nuca está exenta de via crucis.
Precisamente el encanto y la fuerza de la Semana Santa gaditana es que celebra el drama humano y divino de la Pasión trufado de su último sentido que procede del gozo de sabernos definitivamente salvados por su sangre.
Los pasos que avanzan nuestras calles con ese “meneíto” tan nuestro, proclaman que es costoso, difícil, avanzar en la vida, pero que lo hacemos con gracia, con su miaja de baile, como quien adivina la bienaventuranza. Nuestras Dolorosas llevan en sus entrañas el dolor acumulado de la mujer del pueblo, con el paro del marido, la enfermedad del hijo, la soledad de la viudez.
Por eso las obsequiamos con mantos bordados de oro plata, jardines de flores y el derroche de belleza de sus imágenes. Porque no hay un dolor más hermoso ni mas grande que el de una madre. Y se rinden ante el crucificado los tambores y trompetas, y sube el incienso mientras en la humedad salitrosa de la noche la saeta hiende su pena, embriagada del arte entre el fuego de los ciriales como el amor que consume nuestra alma.
Suele decirse que somos más sensibles al dolor y que por eso toda la semana está cuajada de procesiones que lo conmemoran, mientras que la Pascua, clave de bóveda de nuestra fe, apenas tiene una el domingo.
Yo les respondo: En Cádiz, mi tierra, y en toda Andalucía la Semana Santa es un estallido de dolor, sí, pero atravesado de júbilo, como no hay un entierro sin una copa de fino, ni una soleá sin un arranque por alegrías.
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