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“Tu obligación es ser. No ser un personaje ni ser un don nadie -porque ahí hay mucho de codicia y ambición-, ni ser esto o lo de más allá -porque eso condiciona mucho-, sino simplemente ser”.
Esta frase de Anthony de Mello, SJ, da mucha paz.
Cuando oramos, contemplamos, hacemos algún tipo de meditación, nuestro gran enemigo es la interferencia de los pensamientos: lo que ocurrió ayer con fulanito, lo que me espera o pienso que me espera en el futuro, mis sentimientos de culpa, preocupaciones, miedos o ansiedades.
Orar es “ser”, recuperar la unidad. No hacer propósitos, ni arrepentirse, ni darle vueltas a nada. Una religiosa acudió al sacerdote, alarmada porque en la capilla, delante del sagrario, se sentía feliz sin pensar en nada. “No te preocupes -le contestó su consejero-, estar con Dios o respirar a Dios es la más profunda de las oraciones. En cuanto lo piensas o lo conceptualizas, lo estropeas”.
Como San Juan de la Cruz:
Quedéme y olvidéme,
el rostro recliné sobre el amado,
cesó todo, y dejéme,
dejando mi cuidado
entre las azucenas olvidado.
En realidad, más que descansar en Él, orar es “ser”, es llegar a olvidarte tanto de ti que llegas a sentirte parte de Él
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