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Guerra, inflación, sequía, escasez de alimentos, y un tenue respiro emocional por la tregua en vigor en la Franja de Gaza
Musulmanes de todo el mundo vivirán este año el mes sagrado de ramadán en medio de un tenue respiro emocional por la tregua en vigor en la Franja de Gaza, pero envueltos en la incertidumbre y los conflictos en muchos países musulmanes, especialmente en los árabes.
Cientos de millones de creyentes en el islam aguardan la aparición de la luna creciente (hilal, en árabe) que abre el periodo de mayor fervor religioso del año -que este año coincidirá con el sábado o domingo próximos- e iniciar así un tiempo en el que no comerán ni beberán, se abstendrán de prácticas sexuales, evitarán la crítica y los insultos y dejarán de fumar entre la salida y la puesta del sol.
El ritual conmemora la primera revelación divina al profeta Mahoma y constituye uno de los cinco pilares de la religión, de obligado cumplimiento para todos los adultos salvo excepciones de salud, avanzada edad o viajes.
También, y fundamentalmente, es un momento de fiesta comunitaria, en la que los musulmanes se reúnen para compartir alimentos, ofrecer regalos y reforzar el sentido de pertenencia a la comunidad.
En Oriente Medio, la fecha sigue marcada por sus acuciantes crisis económicas y la violencia en los territorios palestinos, asuntos que todavía sobrevuelan la región pese al alivio que supone la tregua en vigor en Gaza.
La preocupación persiste y este año habrá en ramadán una inusitada actividad política entre los líderes de los países árabes, para contrarrestar la propuesta del presidente estadounidense, Donald Trump, para que EE.UU asuma el control de Gaza, y evitar la expulsión de los palestinos de Gaza a Egipto y Jordania.
La ansiada unidad árabe en este sentido no termina de producirse, pese a que muchos, como Jordania consideran que la situación es una amenaza existencial.
En Egipto, además, la crisis económica sigue haciendo estragos, lo que se percibe en una aparición más tardía de las decoraciones típicas de esta época (faroles de colores, guirnaldas) y en las dificultades para comprar alimentos y regalos ante la inflación que no perdona.
Como curiosidad, en Siria, siguiendo la tradición típica de ramadán de estrenar dramas televisivos para seguir en tiempos de ayuno, se verá uno inspirado en el colapso del gobierno de Bachar al Asad, testimonio de la «nueva» Siria.
En Irán, también es la difícil situación económica la mayor preocupación, con los precios disparados en alimentos básicos que alientan el descontento de la población. El presidente Masud Pezeshkian ha prohibido durante dos meses la exportación de manzanas, naranjas y dátiles, productos típicos del ramadán en el país.
Algo más de 300 millones de personas profesan la religión musulmana en África subsahariana, donde esa fe es la segunda con más fieles tras el cristianismo, y donde también crisis y conflictos empañan las celebraciones.
En Somalia, casi una cuarta parte de la población se enfrenta a una grave escasez de alimentos debido al impacto del cambio climático y de conflictos armados.
Los llamamientos a la paz, asimismo, predominan en estas fechas, como el que hizo recientemente la Unión Africana para que las partes beligerantes en el conflicto de Sudán observen un alto el fuego durante el Ramadán, en el contexto de la guerra civil que asola el país desde 2023.
Mientras, en Nigeria, el país más poblado de África (más de 213 millones de habitantes) y predominantemente musulmán en el norte, Ramadán llega con la feliz noticia de la caída de los precios de productos alimenticios básicos, como el maíz, el arroz, el mijo, los frijoles, la harina y la soja, entre otros, tras meses de alta inflación.
En el norte de África las tensiones económicas también se notan y en Marruecos, en vísperas del mes sagrado, el rey Mohamed instó a no cumplir este año la tradicional ceremonia musulmana del sacrificio ‘Aid al-Adha’, conocida como fiesta del cordero, una de las citas más importantes del calendario musulmán, prevista para junio próximo, debido a la fuerte sequía que azota el país en los últimos años.
Pero también prosiguen prácticas tradicionales y populares, como los concursos de recitadores del Corán en todas las mezquitas de Libia, mientras que en Túnez se multiplican los programas con recitales, conciertos y eventos religiosos tras la ruptura el ayuno, como las sesiones de «dhikr», círculos de predicación y meditación islámica.
Asia también afrontará con problemas económicos el periodo de ayuno. Afganistán, más allá de las crisis endémicas, sufre un repunte de la inflación que ha abocado a muchos a resignarse a romper el ayuno con té y pan.
En Pakistán, el ayuno, que se sigue con gran devoción, es también una obligación legal, ya que es ilegal comer y beber en público durante las horas del día, bajo pena de cárcel, multa o incluso castigos físicos.
Indonesia, el país de 280 millones de habitantes que cuenta con la mayor población musulmana del mundo, prevé que 100 millones de personas se movilicen a sus ciudades natales este marzo, mientras el Gobierno promete reunir unos 200 millones de dólares para cumplir con la «obligación religiosa» de ayudar a Gaza.
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