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"En la escala social el ayuno enseña a las personas pudientes a empatizar con la privación"
El ayuno es una antigua institución universal practicada desde tiempos remotos por pueblos y culturas. El ayuno islámico es una de las formas mediante las que el musulmán trata de acercarse a Dios. El Santo Corán describe el objeto del ayuno: “Se os prescribe el ayuno para que exaltéis la grandeza de Dios al haberos guiado y para que aprendáis a ser agradecidos" (2-185).
Al eludir la necesidad de preparar e ingerir el alimento, y disponer de tiempo, uno puede prestar mayor atención a los asuntos espirituales y recordar a Dios con más frecuencia. Según el islam, el objetivo principal de la creación del hombre es exaltar a Dios. El padecimiento de hambre y sed ayuda al hombre a darse cuenta del verdadero valor de los favores y bondades divinos que normalmente disfruta, de forma que aumenta su agradecimiento y su fe hacia Dios. El ayuno ayuda a no malgastar la vida en propósitos triviales.
El ayuno en la forma en que ha sido regulado por el islam y con las excepciones de enfermos, ancianos, mujeres embarazadas, etc., actúa beneficiosamente sobre el organismo humano. Restablece la salud, cura la adicción el alcoholismo, las drogas, el tabaco...
En la escala social el ayuno enseña a las personas pudientes que no han sufrido hambre o privación, a que se percaten del sufrimiento de no poder comer, lo que favorece una simpatía activa que puede transformarse en medidas dedicadas a disminuir la tasa de pobreza y elevar el grado de bienestar colectivo, pues es obvio que el bienestar de una nación está ligado al bienestar de cada individuo.
Otro aspecto del ayuno es que el islam busca desalentar en sus fieles la tendencia a la pereza e indolencia, así como la falta de disposición a cargar con penalidades o dificultades. Ayuda a soportar privaciones e inconveniencias en tiempos de necesidad. Los ayunos habitúan a padecer hambre y sed y a ejercer el control sobre pasiones y deseos, de forma que quienes llevan a la práctica con sinceridad este mandamiento, no incurren en la indolencia o el abandono.
El ayuno nos protege contra nuestros instintos básicos al no permitir que las complacencias materiales nos dominen. Acostumbrado uno a un determinado tipo de conducta, le resulta difícil renunciar a ella. Sin embargo, el que es capaz de abandonar un hábito o forma de actuar a voluntad, no se convierte en su esclavo. El hombre que para llegar a Dios abandona durante un mes entero todo tipo de placeres materiales y aprende a ejercitar el autocontrol y la disciplina, puede con facilidad vencer a las tentaciones que conducen a los malos hábitos. Amor para todos, odio para nadie.
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