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José Ignacio Calleja
No me gusta clericalizar los problemas de la Iglesia, pero al final, no puedo evitar un juicio que es llamada más que denuncia. Hay ideas de sobra sobre ministerios laicales para el servicio de la misión integral de la Iglesia, dentro y fuera de la comunidad. Y mil maneras de servir a la comunidad y a la evangelización, hasta llegar a un planteamiento de cambio eclesial en su sacerdocio ordenado, célibe y masculino. Pero mientras se busque y se rebusque debajo de las piedras la solución con más clero del mismo clero, perdemos un tiempo precioso, perdemos el "kairós".
Cuando llegue la renovación laical y samaritana de la Iglesia, ya no habrá fieles y espacios sociales de escucha y espera. Solo un resto, más "secta que santo", para cuidado y regusto de nostálgicos. La culpa es de todos, pero la responsabilidad es ante todo de un episcopado miedoso, sin iniciativa ni atrevimiento evangélico, un episcopado culpable de nuestra parálisis, acogido a una estructura eclesiástica caduca y a una teología tan miedosa como ellos.
Mil búsquedas y empeños para anunciar la fe en el mundo y, casi todas, sin movernos de una iglesia de clericalismo sacralizado
Ahora mismo, y el caso español es paradigmático, el episcopado y sus equipos de trabajo pastoral –casi todos- son un muro insalvable para acertar con algo nuevo; no responden al "kairós" que los reclama. Viven el momento más comprometido de la evangelización en varios siglos y se dedican a competir por unos cientos de sacerdotes ordenados de aquí y de allá. Tienen la oportunidad de su vida para servir al Evangelio y no se atreven a aprovecharla. Mejor aún, a obedecerla. Frente al kairós del mundo como este se nos ofrece en el crecer del Reinado de Dios, sin engañarnos, la respuesta nace del derecho canónico, la teología del miedo y una humildad social obligada. Muy grave. Dramático.
Ya sé que se puede discutir cada aspecto de lo dicho y que hay mil excepciones por el camino, pero el trazo general y de fondo, es ese. Mil búsquedas y empeños para anunciar la fe en el mundo y, casi todas, sin movernos de una iglesia de clericalismo sacralizado. No hay salida. Y es una pena. No habrá casi nadie esperando cuando nos atrevamos a una respuesta, ante todo, de ministerios laicales de evangelización y de sacerdocio ordenado coherente con ello.
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