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Cuaresma 2024: Tentación y tentadores
La primera y más importante de las tentaciones, en mi opinión, sigue siendo la soberbia, la arrogancia, el ansia de poder, el creerse en posesión de la verdad absoluta, el integrismo. Con ligeros matices entre unas y otras, todas esas expresiones vienen a significar lo mismo: estar por encima de los demás. Mucho me temo que caemos en esta tentación con excesiva frecuencia. Eso sí, a veces intentamos disfrazar nuestro pecado bajo el ropaje amable del servicio o, lo que incluso es peor, tomamos el nombre de Dios en vano y lo ponemos a Él por delante, como justificación de nuestro comportamiento.
En este ranking cuaresmal que me piden los amigos de Religión Digital considero que la segunda tentación más importante -en número de veces y en la intensidad con la que incurrimos en ella- es la de confundir mi grupito, mis amigos, aquellos que piensan como yo y con los que estoy a gusto, los míos… con la comunidad: toda una desvirtuación de un término tan santo como es el de comunidad. Resulta especialmente interesante detenerse a considerar esta segunda tentación en estos tiempos en los que se habla tanto de comunidad y de sinodalidad porque es fundamental evitar equívocos. El Papa Francisco, Vicario de Cristo en la tierra, nos lo ha explicado por activa y por pasiva, y nos ha dado ejemplo. Pero todavía hay mucho cazurro suelto que no entiende que en la Iglesia caben todos, todos, todos.
Vamos con la tercera tentación: la cobardía. ¡Cómo me impresionaron siempre la soledad de Cristo en la Cruz, las negaciones de Pedro, el poseedor de un talento que lo entierra por miedo a equivocarse en la gestión del mismo! O somos cristianos o no lo somos, pero las medias tintas no son buenas para nadie. Tiene que haber coherencia entre el discurso y la práctica de vida, con todas nuestras limitaciones y fracasos, cierto, pero coherencia y compromiso al fin y al cabo. Eso sí, amigos míos, no confundamos los términos: no aludo -¡en absoluto!- a batalla cultural de ningún tipo. El anuncio del Evangelio tiene una inmediata repercusión moral, cuyo centro es la caridad; pero esto sólo se propone, nunca se impone. Y se propone más y mejor con el testimonio de una vida sencilla y que sirve a Dios en los pobres que con grandes algaradas. Creo que se me entiende bien sin necesidad de mayores explicaciones.
La cuarta tentación podría decirse que es más moderna: el utilitarismo. Efectivamente, como paradigma ético el utilitarismo nace a finales del siglo XVIII y será a partir de la segunda mitad del siglo XX cuando invada la escena mundial, hasta el punto de que en la actualidad no sólo es la teoría moral dominante, sino que pareciera que es la única que existe. Pues bien, conviene subrayar que el utilitarismo mata, como expliqué en mi libro Bioética en tiempos del COVID-19, porque son muchos los descartados si el bien lo definimos como lo útil para la mayoría. Y de esta peste del utilitarismo no se libra ningún ambiente, haríamos bien en tenerlo también muy presente.
Es el turno de la quinta tentación: el cortoplacismo o, en palabras de la genial Adela Cortina, la maldición del cortoplacismo. Tenemos que iniciar procesos, no poseer espacios, reitera con inusitada insistencia el papa Francisco. Conviene recordar los llamados cuatro principios de su pontificado, enunciados ya en Evangelii gaudium: el tiempo es superior al espacio; la unidad prevalece sobre el conflicto; la realidad es más importante que la idea y el todo es superior a la parte. Esto requiere tiempo y paciencia, es tarea artesanal. Lo cual no casa muy bien con el inmediatismo y la rapidación de nuestra época, en donde lo queremos todo para ya. Cuidado con el activismo, que es hijo del cortoplacismo. Por eso conviene pedirle al Señor el don de la paciencia: los buenos vinos requieren tiempo y dedicación esmerada.
Esto último me da pie para hablar de la sexta tentación: la mediocridad. Hoy abundan por desgracia, en todos los sectores, los malos profesionales. Si hasta hace unos años los esfuerzos estaban encaminados a conseguir la excelencia profesional, mucho me temo que hoy vayan directamente a conseguir lo mínimo exigible… Se hacen las cosas de cualquier manera, a pasar, no con mimo y el cuidado que requieren. Son muchos los factores que conducen a la mediocridad, entre los que señalo la indiferencia y la pereza. El papa Francisco habla con frecuencia de la acedia, lo hizo todavía en la audiencia general de este miércoles 14 de febrero: Se trata de una tentación muy peligrosa, con la que no se debe jugar.
Las soluciones a todas estas, ayer y hoy, siguen siendo las mismas: cultivar las virtudes, especialmente la templanza y la compasión. Lo malo es que llevamos tiempo haciendo justamente lo contrario, es decir, despreciando las virtudes; y esto a nivel educativo, a nivel político, a nivel de marketing y publicidad, etc. Y ya en clave creyente, la escucha atenta de la Palabra: una Palabra que no sólo encontramos en los textos bíblicos, también nos habla Dios a través del Magisterio y de los hermanos, sobre todo de los sufrientes de este mundo. Jesús nunca nos abandona en la tentación. Pero hay que ponerse en camino.
Termino recordando unas palabras del Concilio Vaticano II, concretamente del núm. 19 de la Gaudium et spes: “En esta génesis del ateísmo pueden tener parte no pequeña los propios creyentes, en cuanto que, con el descuido de la educación religiosa, o con la exposición inadecuada de la doctrina, o incluso con los defectos de su vida religiosa, moral y social, han velado más bien que revelado el genuino rostro de Dios y de la religión”. Creo que nos aprovecharía mucho saborearlas con calma a lo largo de esta Cuaresma recién iniciada.
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