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"La singularidad nos la proporcionan principalmente los manantiales internos del bien, la verdad y la belleza"
Hay una relación inversamente proporcional entre la disminución del sentido de realidad y el aumento de la histeria identitaria. Y cuanto más se empobrece el discernimiento público, más competitivas son las identidades. En el fondo, la guerra cultural que se pretende crear es una crisis de racionalidad, democracia y, sobre todo, fraternidad.
El capitalismo de identidad ha hecho de nuestras identidades una necesidad consumista más. Tras la disolución de nuestra conciencia y experiencias ordinarias de pueblo, hemos sido conducidos a nuestros cubículos y dedicados a dar vueltas a identidades como hámsters en la rueda o ludópatas en un casino. Y en nuestros puntos de engorde no se nos obliga a pedalear para que formemos cualquier tipo de identidad, sino identidades felicísimas de prosperidad, éxito y poder: eres tu sueño, eres lo que quieres, sé la mejor versión de ti mismo... Cuanto más ignoramos las grandes explotaciones, dominaciones y alienaciones que están modelando nuestra vida, más se nos obliga a tener identidades de éxito y felicismo que legitiman el sistema hipercapitalista.
La fuente de identidad no es el poder ni tenemos el poder ontológico de darnos identidad a nosotros mismos. La identidad es un acto misterioso de recepción. Recibimos la identidad, no la inventamos. Inventamos caretas, pero no la identidad.
La verdadera fuente de identidad es la santidad, la singularidad nos la proporcionan principalmente los manantiales internos del bien, la verdad y la belleza. Cuando hacemos el bien, somos únicos: cuando hacemos el mal, dejamos de ser lo que de verdad podemos ser.
Hay que desistir de tanto trabajo dedicado a la autorrepresentación y recibir la identidad como un don que emana de nuestros trabajos y amores: pasar de los trabajos de la identidad a la identidad que nos da el trabajo. A fin de cuentas, somos lo que damos. Adentrémonos a pensar con algo más de profundidad todos estos asuntos.
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