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"La Iglesia está llamada a ser una madre que protege, no una institución que encubre"
El caso del Sodalicio de Vida Cristiana es una de las páginas más dolorosas de la historia reciente de la Iglesia. Una comunidad que nació con el propósito de formar líderes laicos comprometidos con el Evangelio y terminó, en muchos casos, traicionando sus ideales más profundos y causando heridas profundas a quienes más debía proteger.
Los "pecados" del Sodalicio no son meros errores o desviaciones. Son actos que, al salir a la luz, nos confrontan con la necesidad de mirar nuestras sombras como Iglesia, de reconocer el sufrimiento causado y de buscar, con humildad y firmeza, caminos de justicia y reparación.
Desde sus inicios, el Sodalicio cultivó una cultura de control absoluto sobre sus miembros. Este abuso de poder se tradujo en un ambiente donde la obediencia ciega era exaltada como virtud, anulando la libertad personal y la conciencia crítica. Los líderes, especialmente Luis Fernando Figari (y sus acólitos), utilizaron su posición para manipular, dominar y someter psicológicamente a quienes confiaban en ellos.
En lugar de formar discípulos libres y maduros, se impuso un sistema autoritario que dejó a muchos marcados por la culpa, el miedo y la dependencia emocional.
Quizás el pecado más doloroso y escandaloso del Sodalicio sea el de los abusos sexuales. Luis Fernando Figari y otros líderes fueron señalados por múltiples víctimas como responsables de actos atroces que destruyeron vidas y causaron un daño irreparable.
Lo más indignante no fue solo la comisión de estos abusos, sino la forma sistemática en que se encubrieron. Las víctimas, en lugar de ser escuchadas y protegidas, fueron silenciadas y marginadas. Este pecado es un grito que clama al cielo y que exige justicia.
El Sodalicio no actuó solo. Durante años, contó con la complicidad o la omisión de algunos sectores de la jerarquía de la Iglesia (con el cardenal Cipriani al frente) y de la sociedad peruana. Se tejió una red de silencio que permitió que los abusos continuaran y que las víctimas fueran relegadas al olvido.
Este encubrimiento es un pecado colectivo, un acto de omisión que contradice frontalmente el llamado evangélico a cuidar del más débil. Es también una afrenta a la 'tolerancia cero' del Papa Francisco y una lección para toda la Iglesia: el silencio nunca puede ser la respuesta frente al sufrimiento.
El Sodalicio, mientras cometía estas atrocidades, proyectaba una imagen pública de santidad y compromiso con la fe. ¡Soldados de Cristo! Esta duplicidad, este vivir de espaldas a la verdad, es un pecado que mina la credibilidad de la Iglesia y siembra la desconfianza entre los fieles.
La hipocresía, en este caso, no solo afectó a la reputación del Sodalicio, sino que hirió profundamente la imagen de la Iglesia en su conjunto, especialmente en América Latina.
Quizás el pecado más doloroso sea el de haber traicionado a quienes confiaron plenamente en la comunidad. Jóvenes, niños y familias enteras vieron en el Sodalicio una esperanza, un camino para profundizar en la fe y servir a Dios. Pero en lugar de encontrar un espacio de amor y crecimiento, muchos hallaron manipulación, abuso y dolor.
Este pecado contra los más pequeños es una traición al mismo Cristo, quien nos recordó que "lo que hacéis a uno de estos pequeños, a mí me lo hacéis".
Los pecados del Sodalicio de Vida Cristiana son una herida abierta en el cuerpo de la Iglesia. Pero también son una oportunidad para aprender, para reconocer nuestros errores y para comprometernos con una renovación auténtica.
La Iglesia está llamada a ser una madre que protege, no una institución que encubre. Los pecados del Sodalicio nos invitan a ser una comunidad que escucha a las víctimas, que no teme enfrentarse a la verdad y que actúa con firmeza para que nunca más se repitan estas atrocidades.
Solo enfrentando nuestras sombras podremos caminar hacia una Iglesia más luminosa, más fiel al Evangelio y más cercana al corazón de Cristo.
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