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"La Pentarquía de patriarcados serviría como inspiración y referencia para un papado más colegial"
El papa Francisco ha vuelto a aceptar el título de “Patriarca de Occidente” que han mantenido los papas durante siglos y que eliminó el Papa Benedicto XVI de los títulos oficiales papales desde el inicio de su pontificado. No es un simple título honorífico sino que es la titulación del Obispo de Roma que todos reconocieron durante el primer milenio y que refleja la concepción de Iglesia en la Antigüedad y en el Bajo Medievo antes de que se produjera la división de los cristianos en ortodoxos y católicos a partir del siglo XI.
En la iglesia antigua había 5 grandes patriarcados (Roma, Constantinopla, Alejandría (Egipto), Antioquía (Siria) y Jerusalén). Cada uno tenía autoridad y autonomía propia dentro de la Iglesia católica. Cada patriarcado tenía su liturgia, sus cánones, su teología, sus ministerios y jerarquía propia. Ningún patriarca intervenía en los asuntos internos de las otras y todas se reunían representadas por sus obispos en los concilios ecuménicos. El papa, título que desde el siglo VIII reclamaba como exclusivo el Obispo de Roma, buscaba el reconocimiento de su primacía en los otros patriarcados. Pero esta se refería a los asuntos que concernían a la Iglesia universal, a las disputas entre Iglesias, a cuestiones doctrinales que rebasaban los límites de un patriarcado o a cuestiones disciplinares que influían en toda la Iglesia como determinar la fecha de resurrección y la navidad para todas las iglesias. En el segundo milenio todo cambió, se vio a la Iglesia entera como gobernada por el obispo de Roma que se convirtió en un patriarca y obispo universal.
Pablo VI era consciente de que el ministerio principal del papa es velar por la unidad y comunión de la Iglesia y que era el mayor obstáculo para la unidad. Juan Pablo II pidió que se le ayudara a encontrar “una forma del ejercicio del primado que, sin renunciar de ningún modo a lo esencial de su misión, se abra a una situación nueva”. El Papa Francisco ha resaltado su disponibilidad ecuménica. “Me corresponde, como Obispo de Roma, estar abierto a las sugerencias que se orienten a un ejercicio de mi ministerio que lo vuelva más fiel al sentido que Jesucristo quiso darle y a las necesidades actuales de la evangelización”. El papa acepta ser considerado como “primus inter pares” entre los patriarcas cristianos, como ocurrió en el primer milenio del cristianismo, sin más prerrogativas.
La unión de las Iglesias y la reforma del Primado están vinculadas para el futuro. Se puede mantener el primado y asumir al mismo tiempo la teología que ve a Pedro no solo como referente del obispo de Roma sino de todos los obispos. En el primer milenio había distintas teologías sobre Pedro y sus sucesores, la exclusiva leoniana que defendía Roma y la plural de la teología cripriánica de la mayoría de los obispos; la línea del Concilio de Nicea y la que reafirma el código de Justiniano. La Pentarquía de patriarcados serviría como inspiración y referencia para un papado más colegial y para una teología de la sinodalidad que ahora inspiran al papa Francisco. El futuro de la Iglesia está condicionado por el papado como problema ecuménico y el resurgir de la pentarquía y desde ella renovar el primado del obispo de Roma puede ser uno de las formas de afrontarlo.
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