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"Eso sí, de 'santo súbito', nada de nada"
Sin haberse resuelto todavía en qué sección, estado o situaciónr del Santoral – Año Cristiano- y de la liturgia, se colocará el nombre, con su “vida y milagros”, del papa Juan Pablo I, en la etapa de su mínimo pontificado de 33 días, - si será la de “confesor” o la de “mártir”- , el papa Francisco acaba de anunciar felizmente la beatificación de Albino Luciani. El tema es de soberana importancia y actualidad eclesiástica y extra- eclesiástica, por lo que no están de más su cita y la reflexión de alguna de las circunstancias de este “misterio”, insondable, para muchos.
Sí, de “misteriosa” fue y sigue siendo la consideración de la que fue merecedora la muerte del “Papa de la sonrisa”, a quien apenas si le dio tiempo de esbozar el programa de su pontificado, sugerido tan solo en alguna que otra faceta de las líneas a seguir relativas a la reforma- renovación urgente de la Iglesia, con mención para la de la Curia, en sus esferas clericales y seculares o laicas en la peor de sus acepciones, es decir, “alejada de toda influencia religiosa.”
Son muchos, cristianos o no, quienes alientan la esperanza de que, si no toda, parte de la verdad del “misterio” de la muerte del papa Luciani, se desvele, en beneficio de la propia Iglesia y de la convivencia entre los seres humanos , en el afán tan elemental de que sea siempre y en todo, la transparencia guía y vector de comportamientos cívicos y, por supuesto, cristianos. A la religión le sobran dogmas y misterios, como para que otros, del tipo y corte tan contradictorios, les sean adscritos en circunstancias especiales de lugar y de tiempo, como estas.
¿Podría estraperlear el de la muerte de Juan Pablo I alguno de los miedos curiales, acerca de sus comportamientos santos e “infalibles” que arropaban sus tareas vaticanas “en el nombre de Dios” y sagrada y expresa voluntad del “Romano Pontífice, tantas veces ajeno a procederes detestables, escandalosos y destructores de la Iglesia?. La sonrisa, que, afable y tímidamente define a las personas, no suele ser causa de muerte… Esta sonrisa no mata. Hasta es posible que se deje matar… La insistencia de parte del pueblo en seguir invocando a Luciani como “el Papa de la sonrisa”, con seguridad que es para él un honor, y un recuerdo amoroso, a la vez que para otros es una desafección y desaprobación total y radical de modos de ser y de actuar ”religiosamente”.
En definitiva y gracias sean dadas a Dios, Francisco ha decidido la próxima beatificación del “Papa de la sonrisa”, con el compromiso de hacer perdurable su gesto como elemento clave en la concepción y praxis de una Iglesia sinodal y “en salida”. La sonrisa contagia. Evangeliza y ayuda eficazmente al delinearnos el verdadero rostro de Dios encarnado en Jesús, redentor, padre-madre, compañero y amigo.
Los expertos en historia y en eclesiología aseguran que, de los 265 papas que, con aproximaciones y dudas, conforman el pontifical listado, solo “ascendieron al honor de los altares” unos 54 , como “otros tantos ejemplos de vida e intercesores ante Dios”, al haber sido canonizados oficialmente.
Destaca el hecho de que, desde el último tercio del siglo XIX, que vivió Pío XIX, hasta hoy, la mayoría están canonizados o en camino de serlo, extrañados de que hayan sido excluidos León XIII, Benedicto XV y Pío XI, en la seguridad de que también lo será Benedicto XVI, con serias dudas de que le llegue el turno al papa Francisco; para lo que tendrían que cambiar mucho los criterios, las valoraciones y las personas entro de la misma Iglesia. Eso sí, de “santo súbito”, nada de nada. No debiera tener cabida en la Iglesia tal fórmula de santidad.
De modo idéntico, debiera también someterse a reflexión y análisis el hecho de que, con cierto carácter endogámico, en los últimos tiempos, los procesos de beatificación-canonización sigan y persigan a sus papas hasta su definitiva elevación a los altares… Es posible -y así acontece- que se den estos casos, algunos de ellos con perentoria necesidad de revisión y hasta de recusación y rechazo. Así, como suena y como no, debiera suceder. …
¿Pero qué hicieron, o no hicieron León XIII, Benedicto XV y Pío XI, para no haber sido declarados “santos”, al igual que lo fueron los demás? ¿Acaso hicieron, o no hicieron, algo, que nos oculta la historia, o fueron solo las rutinas y la falta de interés de sus sucesores en el solio pontificio, lo único que explica la ausencia de sus nombres en el Santoral?. Aun cuando lo verdaderamente importante es que la sonrisa, además la pontificia, haga ascender a los papas y no papas a lo más alto de los cielos, después de haber dejado en la tierra frutos de efectiva y amable convivencia….
Y a este respecto, ¿no debiera hacernos temblar el pensar que, por aquello de que “por los frutos los conoceréis”-, fueron y siguen siendo los últimos papas -santos en su mayoría, los fautores de esta Iglesia que ahora nos cobija y de la que formamos parte, de cuya veracidad evangélica tanto se debe dudar y se duda?
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