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"Las prisas no son ni buenas ni procedentes en estos menesteres"
Expertos en marketing –“conjunto de técnicas para favorecer la comercialización de un producto o servicio”- , y allegados, todos ellos “estipendiados” como corresponde en esta vida y en la otra, iniciaron aún antes de la muerte de Benedicto XVI , la campaña del “¡Santo súbito¡”, que con tanto éxito y prontitud elevó al honor de los altares a su antecesor.
En este contexto, y sin otra intención que la de señalar algunos de los riesgos eclesiales que conlleva tal procedimiento canónico, decido dejar constancia, aquí y ahora.
Las prisas –“súbito”, es decir, YA-, no son ni buenas ni procedentes en estos menesteres. Precipitan, deterioran, estropean y maltratan la verdad, tornándola frecuentemente en mentira. La verdad, la religiosa y tanto o más la “canonizadora”, no puede permitirse el lujo de declarar y reconocer públicamente como sujeto de culto y ejemplo de vida, a quienes no sean merecedores de ello, o de los que se tengan dudas muy serias que hubieran sido obviadas al haber imperado, la reflexión, el silencio y el sosiego , espiritual y documentado.
¿A qué personaje se pretende tan de prisa y corriendo canonizar?, ¿Al Ratzinger, atrevido y adelantado teólogo de sus años primeros de docencia universitaria, que tan positivamente influyó en el concilio Vaticano II, o al que previamente “domesticado” por Juan Pablo II, presidiera y fuera responsable de la prefectura del “Ex -Santo Oficio”, con manos de hierro y sin ahorrarse procedimientos cien por cien inquisitoriales?
"¿No convendría convocar a la pléyade de teólogos a los que les retiró la 'licentia docendi', por no pensar como él, para recabar sus criterios y opiniones en relación con el hecho, consecuencias y procedimientos sufridos, sin más opción que la del ¡AMÉN¡ o el retiro vergonzante y oneroso?
Con la intención de añadirle al oficio de “santo” además nada menos que el de “Doctor de la Iglesia”, en cuyo listado solo hay 36, ¿no convendría convocar a la pléyade de teólogos a los que les retiró la “licentia docendi”, por no pensar como él, para recabar sus criterios y opiniones en relación con el hecho, consecuencias y procedimientos sufridos, sin más opción que la del ¡AMÉN¡ o el retiro vergonzante y oneroso?
¿Se les ocurrió pensar a los promotores del “¡Santo, súbito¡” que, con ineludible seguridad llegará el día en el que el verbo “descanonizar” podrá – tendrá- que conjugarse igualmente, por la propia jerarquía, que su correlativo “canonizar”, por exigencias de la verdad reencontrada en otros testimonios y documentos que, con las prisas, no fueron jamás consultados?
¿Cuándo se tomó mayor y justa conciencia de que, por ejemplo, el papa Benedicto XVI clausuró el burdel existente en el recinto vaticano, del que debiera haber tenido constancia, al igual de otras tantas sucias y detestables, barbaridades,-“cueva de ladrones”- como aportación meritoria para la causa de su beatificación- canonización?
¿Cuál será la reacción de los jueces de Múnich en la causa del encubrimiento de sus sacerdotes pederastas de los que fuera arzobispo y de cuya cita judicial hay ya constancia? ¿Se verá obligado a suplirlo su sucesor el papa Francisco?
Lo siento por los estamperos y escultores a quienes les corresponda dejar constancia iconográfica de la imagen del “santo” Benedicto y tener que calzar sus pies con las cáligas “último modelo” de Armani , y no con los zapatones vulgares del callejero papa Francisco. Es solo cuestión de gusto, de estilo, y tal vez de sentimientos, aunque no de liturgia, de teología, de cánones y de pastoral con olor a oveja y no a incienso.
"Santo sí, aunque con el rechazo explícito de que, por el hecho de haber sido y ejercido de papa, obispo de Roma, y “Siervo de los siervos de Dios”, conllevase simultáneamente el honor de ser ascendido a los altares, tal y como ocurre con casi todos ellos en los últimos tiempos"
Santo sí, pero no de prisa y corriendo, sin respeto a los tiempos y a los procedimientos fijados. Santo sí, pero sin las exageraciones que intentaron adscribirle a su antecesor de aspirante a “co-patrono de Europa”.
Santo sí, aunque con el rechazo explícito de que, por el hecho de haber sido y ejercido de papa, obispo de Roma, y “Siervo de los siervos de Dios”, conllevase simultáneamente el honor de ser ascendido a los altares, tal y como ocurre con casi todos ellos en los últimos tiempos.
¿Le corresponderá tal “dicha” también, en su día, al papa Francisco, o sus zapatones y el dolor de su rodilla le dificultarán salvar los últimos escalones celestiales?
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