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Así funciona el seguimiento del Evangelio
Hay un milagro del evangelio que nos da una lección muy especial: la de hacerlos nosotros aquí y ahora. Cuando Jesús multiplica los panes y los peces, comienza con una aseveración muy clara dirigida a los discípulos cuando les presentan su preocupación por el hambre colectivo: “Dadles vosotros de comer”. Empiezan a rebuscar y sale lo que tenían: dos panecillos y dos pescados. Con eso qué van a poder hacer. ¡Pues los milagros de la generosidad!
Esta semana he vivido uno de esos milagros con lágrimas de emoción en los ojos.
Estaba entrando, como un día cualquiera, en la “Mesa de fraternidad” de nuestro querido Hospital de Campaña de Santa Anna. Y allá, delante del “Jesús Homeless”, me encuentro una escena inolvidable:
Una familia desconocida a la que acompañaba un matrimonio afín a la obra que me la presentan: acaban de llegar de Perú. Son un matrimonio y dos hijos. La pequeña de tres años y el mayor de once. La contemplación de aquel niño era tan impresionante, que a mí me evocó a los leprosos que hace muchos años había visto en un poblado de Angola. Jesús –que así se llama nuestro pequeño amigo- tiene una enfermedad minoritaria que se conoce vulgarmente con el nombre de “piel de mariposa”. Una enfermedad dermatológica que afecta a todas las pieles del cuerpo, exteriores e interiores. Es de nacimiento, y después de once años ha afectado ya de tal manera a todos sus órganos que le faltan dedos, la cara es un poema, tiene las piernas y los brazos vendados, va en silla de ruedas y es alimentado mediante sonda por un orificio en el vientre.
"Alguien les había alquilado una habitación ¡por 600€!"
Alguien les había alquilado una habitación ¡por 600€! El matrimonio amigo la había visitado. La única cama era para Jesusito, como le llaman sus padres, y los tres miembros restantes de la familia dormían en el suelo.
Y aquí viene el milagro de la fraternidad: damos voces, formamos una pequeña e improvisada “comisión” y, en dos días, conseguimos que duerman dignamente en un piso de dos habitaciones y demás piezas necesarias para vivir y convivir, por el mismo precio de la habitación en la que “sobrevivían” apiñados. De momento la conseguiremos pagar entre todos. Cuando, al día siguiente habíamos conseguido el piso, “casualmente” dirían algunos, “providencialmente” aseguro yo, nos llamaba una amiga diciendo que se marchaba a Sevilla, vendía el piso y dejaba los muebles a nuestra disposición. Ya sólo necesitábamos una furgoneta y alguien de buena voluntad para el traslado. No fue difícil encontrarlo entre tanta gente que vive la fraternidad.
Y, ahora ya instalados tienen, a su disposición a uno de los mejores especialistas esa enfermedad minoritaria, gracias a nuestros sanitarios de “Salut sense sostre”.
“Dadles vosotros de comer”, “acogedlos vosotros”. Así funciona el seguimiento del Evangelio.
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