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Definitivamente, el Yaku nos ha vuelto a desnudar a los peruanos
Podría ser este el titular; pero también podría ser otro refrán: “Al perro flaco todo son pulgas”. Y es que ya se han igualado prácticamente las víctimas mortales de las protestas ante el gobierno desde la caída de Castillo con las causadas, directa o indirectamente, por el terrible ciclón Yaku: más de 60 en cada caso.
El ciclón me cogió a 20 horas de Lima en bus, en el interior del departamento de Piura, uno de los lugares más golpeados por el ciclón. Llegué a Chulucanas el día 7 de marzo y comencé a “dar gracias a Dios” por la generosa lluvia que estaba cayendo. Un día más y me fui a Ayabaca, en la sierra: todo verde. Más lluvia y seguí dando gracias a Dios, pensando en los campesinos de allá para los que esa lluvia era oro; no era posible dudarlo.
Pero ya en Ayabaca y mucho más al bajar de nuevo a Chulucanas empecé a cambiar mi oración pues en distintos lugares de la costa (sobre todo en los departamentos del Norte) el “Yaku” estaba inundando sembríos, cortando carreteras, derribando puentes, causando muertes… Y, por supuesto, en todas las ciudades y centros urbanos, muchas viviendas -no preparadas para la lluvia- se estaban inundando e incluso derribando.
Y seguían las noticias alarmantes, sobre todo desde Lima para arriba (la capital incluida).
Sigo pensando que esta lluvia para muchos es oro, pero no me queda sino matizar mi oración, pensando en los que han perdido todo o casi todo, incluso muchas vidas humanas.
Definitivamente el Yaku nos ha vuelto a desnudar, como lo hicieron las inundaciones en 2017 en Piura (que ahora la gente no puede menos que recordar) o como lo hizo la pandemia. Esta nos dejó al aire el pésimo estado de la salud pública (con escaso personal apropiado, sin centros hospitalarios suficientes, sin camas UCI, sin oxígeno…). Y lo que es peor, sin estado central y regionales capaces de afrontar la situación por casi dos años.
Y al quedar “calatos”, vimos también la ineficiencia de las autoridades para dar rápidas y acertadas respuestas, la falta casi total de prevención. Algo que ahora, con el Yaku, se ha visto más palpable. Pero igualmente hemos visto la dejadez e informalidad de la gente que siguió ubicando sus casas en lugares no habitables y en los que ya más veces habían sido inundados, la indolencia e indiferencia frente a la falta de previsión… Unos y otros, viviendo en la informalidad más brutal que ahora lamentamos.
En el Norte, en Piura en concreto por donde yo estaba, se acordaban de las inundaciones del 2017 y se preguntaban por los grandes proyectos, los grandes presupuestos para la reconstrucción. ¡Y esta casi sin empezar! Falta total de prevención. Y es que, en el 2017, en la pandemia y ahora, al quedar calatos, hemos visto más claro a la CORRUPCION CAMPEANDO. “Dinero en el Perú hay”, se dice, pero va a bolsillos privados en lugar de destinarse a lo que se pensó y decidió.
Acabo de llegar a Lima y sigo con ese sabor agridulce, el mismo que sentí los 10 años que trabajé en Ica, desierto del sur. En uno y otro lado he visto lo mismo: la preocupación por abrir cauces para que el agua llegue lo más rápido al mar (en Ica lo volví a ver el año pasado ensanchando las riberas del río seco). Ahora lo leí en la prensa local en Piura. En uno y otro lado el problema más grave, cada año, no es la inundación, sino la sequía, la necesidad de riego. No creo ser yo el único inteligente en preguntarme: “¿Por qué en el desierto, con tanta necesidad de riego, con sequía todos los años, no se piensa en serio en pantanos y represas para regar, en lugar de -a las apuradas- gastar la plata en enviar el agua al mar? ¿No es posible? ¿Tanto cuesta desarenar cada año?
Sé que no es ni tan simple ni tan sencillo, pero “prevenir antes que lamentar”, dice otro refrán, con mucha experiencia acumulada. Y creo que podemos aprender. Volvemos al comienzo: nadie puede devolver la vida a los difuntos ¡Y son demasiados! Esas muertes no deberían ser inútiles, y nunca deberían repetirse. La informalidad en unos y otros, la indiferencia, la CORRUPCION pueden hacernos tropezar, de nuevo, en la misma piedra. Ojala no ocurra y, simplemente, demos gracias a Dios por la lluvia que, siempre, debería ser oro en la sierra y en el desierto de la costa.
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