Tres purpurados electores y diez no electores
Cuántos cardenales españoles hay hoy: 13+4
Léxico sinodal
Con el santo propósito de legitimar académicamente determinadas palabras, nos vemos obligados en ocasiones a entrecomillarlas, o “exornarlas con el signo gráfico formado por un pequeño rasgo curvado, que se coloca al principio y al fin de la palabra de un texto para destacarla”
En esta ocasión, y con el aroma que desprenden las verdades y los comportamientos que se dicen sinodales, que no las del incienso litúrgico al uso ritual, elijo y subrayo solamente algunas en rememoración y sacrosanto símbolo, cristiano por antonomasia, a la vez que universalmente aceptado en la mayoría de las culturas.
“Descanonizar” y “desclericalizar” son verbos eclesiásticos merecedores de atención que rebasa toda atención gramatical y se encarnan en la esencia de la relación personal y colectiva con Dios, supuesta la convivencia entre los seres humanos en el marco obligado de la obra del Creador. La escueta y simple referencia y mención a determinadas circunstancias basta y sobra para entreabrirnos puertas y ventanas de no pocos misterios que se nos presentan religiosamente hasta con caracteres aproximadamente dogmáticos.
Fueron y siguen siendo no pocos los santos a los que se les facilitó el ascenso al honor de los altares, presentándosenos como otros tantos ejemplos excepcionales de vida cristiana, a la vez que como mediadores ante Dios. Los procesos de canonización debieron haberse sometidos a análisis y exámenes en los que el Evangelio, y solo el Evangelio fuera el Camino, la Verdad y la Vida. El Santoral -Año Cristiano- demanda inaplazablemente revisión, culto y cultura. Y no solo el legado desde los tiempos medievales, ribeteados de feudalismos y paganerías, sino en los de mayor y más intensa actualidad. Hoy, que todo o casi todo se sabe, no es posible “fabricar” -declarar- santos y santas, tal y como se hacen y practican, con prevalencia de criterios no evangélicos, aunque se digan y confirmen estar avalados por los “milagros” y las “milagrerías” canónicamente establecidas.
"Hoy, que todo o casi todo se sabe, no es posible 'fabricar' -declarar- santos y santas, tal y como se hacen y practican, con prevalencia de criterios no evangélicos, aunque se digan y confirmen estar avalados por los 'milagros' y las 'milagrerías' canónicamente establecidas"
El pueblo-pueblo, y no los estamentos jerárquicos en exclusiva, son -deben ser- los canonizadores que decidan quienes han de engrosar las letanías y justificar las fiestas. Tantos y aún mucho más graves, son los abusos que en los procesos de beatificación-canonización se les habrían de achacar a la jerarquía, que los que patrocinaría el pueblo. “Descanonizar” santos es tarea y ministerio tan edificador de Iglesia, como la multiplicación de los mismos. Un santo de más y ascendido a los altares indebidamente, es pecado grave o leve, según sean, o hayan sido, los procesos canónicos a seguir y la rentabilidad en dólares, o en euros, que les haya supuesto y les suponga a sus promotores.
"Un santo de más y ascendido a los altares indebidamente, es pecado grave o leve, según sean, o hayan sido, los procesos canónicos a seguir y la rentabilidad en dólares, o en euros, que les haya supuesto y les suponga a sus promotores"
No solo sin posibilidad alguna de ser canonizados por el hecho de haber sido declarados herejes o algo similar, sino por haber sido ya aherrojados a las tinieblas del infierno, previos los anatemas correspondientes “en el nombre de Dios”, “por el bien de la Ig.lesia” y a favor de la salvación de sus almas. Los criterios que inspiraron e inspiran a los defensores “oficiales” de la fe, en contra de los herejes “oficiales” fueron no solo heréticos de por sí, sino, a veces, inhumanos.
Los métodos a seguir para eliminarlos de la historia de la comunidad eclesial, tanto en esta vida como en la otra, siguen siendo ciertamente inéditos, incomprensibles y rechazables por el sentido común y por los principios más elementales del civismo y de la religión. Hay capítulos de la historia eclesiástica que rezuman y entintan de sangre martirial, de horror y de lágrimas vertidos por “herejes” e “infieles”, tanto o más santos de verdad que sus delatores o ejecutores de la “voluntad de Dios”.
¿Qué hicieron, y qué siguen haciendo, los teólogos descalificados, con la retirada de la “venia docendi” (permiso para enseñar) por la autoridad competente oficial pontificia en tiempos recientes de Juan Pablo II y Benedicto XVI y cuantos adjuntos todavía siguen sus pasos con fidelidad y “en paz y en gracia de Dios”?.
Herejes sin canonizar y hasta expresamente condenados, ha habido y hay muchos, superando su número al de los santos canonizados, que además lo fueron con esos “méritos” y alguno más añadido.
“Desclericalizar” es otro de los términos gramaticales que con mayor urgencia teológica, espiritual y pastoral demanda atención sinodal. El “clericalismo” –“inclinación y sumisión al clero y a sus directrices” (o “estamento privilegiado formado por personas consagradas”) es uno de los males que caracterizó siempre, y para mal, la historia no solo de la Iglesia sino la de los colectivos y Estados en general. Y que nadie piense que se trata de tiempos pasados. El sistema está soberanamente vigente y actual. Y no es exclusivo de la Iglesia- Iglesia católica, apostólica y romana. Por citar uno de los ejemplos más desdichados, las guerras mayoritariamente tuvieron y tienen fundamento y justificación que se dicen religiosas. (“Cruzadas” y “colonizaciones” inspiran a los secuaces de Putin y de Cirilo, con sus prédica, actos y ornamentos super litúrgicos que revisten sus ideas y comportamientos sobreseídos con la blasfema titulación de “sagrados”).
La Iglesia católica está sobrada de clericalismo. Huele demasiado a incienso, no debiendo ser este el olor específico del seglar, sino el propio del trabajo que ocupa por profesión u oficio en la tarea-ministerio de la obra de Dios, que la crea y con-crea al servicio de la colectividad. El clericalismo que padece la institución eclesiástica y que con tanto énfasis, devoción y fortuna denuncia el Sínodo, le ha ocasionado y le ocasiona males mucho más graves que los que les supuso y supone el feroz e inclemente anticlericalismo de tiempos pretéritos.
"El clericalismo ocasiona males mucho más graves que los que les supuso y supone el feroz e inclemente anticlericalismo de tiempos pretéritos"
En permanente y humilde afán por salvar difíciles y desconcertantes situaciones orográficas que plantean el estilo y la razón de ser del Sínodo en cuyas tareas está y se siente comprometida la Iglesia, es mi intención sugerir y subrayar algunos de los términos más en uso eclesial y eclesiástico. Unos, para ser y mejor empleados y otros para exiliarlos lo más lejanamente posible de la Iglesia, y más en actitud sinodal, que es la única que penitencialmente le corresponde encarnar y encarnarse, con el Evangelio en la mano y en los comportamientos, tanto personales como colectivos:
“Templo, clero -posesión- , “NOS por la gracia de Dios”, Romano Pontífice, “Capa Magna”, Cardenal, Curia Romana, Iglesia, Infalibilidad, Alto y Bajo Clero, Mujer, Laicos y” laicas” ,catedrales, ricos y pobres, celibato, privilegios y privilegiados, misterios, canonizaciones, ritos y rituales, anatemas, indulgencias, indisolubilidad, seminarios, Vidas Consagradas, sacramentos y sacramentales, ¿Cuánto cuesta una misa? Nulidades –“anulaciones”- por la Iglesia, seguimiento de Jesús, ¿guerras santas?, progreso, Estados Pontificios, mitras, báculos y tiaras, teología y cánones, misoginia asilvestrada en su pluralidad de versiones y “dogmas”, religiones y ritos, ¿para qué sirven los obispos? ¿Para qué sirven los curas? Hijos: ¿cuántos? Negocios -dinero- hasta en el “de la salvación del alma”. Palacios episcopales. “Auctóritas et potestas”. ¿”Sucesores de los Apóstoles”?. “Opus”, “Legionarios de Cristo”. . Obscenidades, siervos y siervas, esclavos y esclavas, Milagros y “milagrerías”. “Lugares sagrados”, “Inmatriculaciones”. “El Óbolo de san Pedro”. ”Celo” pastoral”. Dirección espiritual.
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