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"De Chiclayo a Roma: el outsider que une a la Iglesia y conquista el precónclave"
En el pulso silencioso del precónclave, mientras Roma bulle de rumores y quinielas, un nombre gana fuerza y consenso: Robert Francis Prevost. Norteamericano de nacimiento, peruano de corazón y de madre española, el cardenal agustino se ha convertido en la gran sorpresa de la recta final. Su perfil transversal y su biografía de puentes lo sitúan como el candidato capaz de unir lo que otros fragmentan, además de ser muy conocido por todos los cardenales por haber sido el jefe de la 'fábrica' de obispos.
Prevost está logrando lo que parecía imposible: el consenso en Estados Unidos. En un episcopado marcado por la polarización y la sombra de los “trumpistas” más fanatizados, el prefecto del Dicasterio para los Obispos ha sabido ganarse el respeto de los moderados y el recelo de los ultras, que ven en él la continuidad del espíritu franciscano y no el regreso al “catolicismo de combate”. Su estilo dialogante, su humildad y su experiencia misionera en Perú lo alejan del clericalismo de despacho y lo acercan al pueblo de Dios.
El cardenal Prevost es, para muchos africanos, el perfil ideal: firme en la doctrina, pero pastoralmente abierto en temas como la acogida a la comunidad LGTB, sin caer en extremos ni en condenas fáciles. Su capacidad de escucha y su respeto por la diversidad eclesial le han ganado simpatías en un continente que busca equilibrio entre tradición y misericordia.
En Latinoamérica, Prevost es “uno de los nuestros”. Tras casi veinte años en Perú, primero como misionero y luego como obispo de Chiclayo, conoce de primera mano las periferias, la religiosidad popular y los desafíos sociales del continente.
Los cardenales latinoamericanos valoran su cercanía, su español impecable y, sobre todo, su valentía: fue el único obispo, junto a Barreto, Castillo y Nann, que se puso del lado de las víctimas del Sodalicio y defendió a los periodistas Pedro Salinas y Paola Ugaz cuando fueron perseguidos judicialmente por denunciar los abusos y la corrupción de la organización. Prevost no dudó en enfrentarse al poder, aunque eso le costara enemigos en el aparato eclesial peruano.
Francisco confió en Prevost para una de las tareas más delicadas: renovar el episcopado mundial, excesivamente polarizado y necesitado de pastores con alma y no de burócratas. Como prefecto del Dicasterio para los Obispos y presidente de la Pontificia Comisión para América Latina, Prevost ha sido el arquitecto de una nueva generación de obispos, elegidos por su cercanía, humildad y compromiso social, no por su alineamiento ideológico.
Los francisquistas lo ven como el garante de la primavera sinodal y de la Iglesia “en salida”. Su bajo perfil mediático y su capacidad de síntesis lo han convertido en un puente entre los bloques enfrentados del colegio cardenalicio.
En la Curia, Prevost es visto como el hombre capaz de recuperar la confianza de los grandes donantes estadounidenses, muchos de los cuales se alejaron por la radicalización de algunos obispos y el clima envenenado que rodeó el final del pontificado de Francisco. Su reputación de gestor honesto y su ascendencia norteamericana lo hacen especialmente atractivo para quienes desean estabilidad financiera y transparencia, sin renunciar al impulso reformista.
Prevost es, en definitiva, el outsider que suma: norteamericano para los americanos, latino para los latinoamericanos, moderado para los progresistas y fiable para los conservadores. Su biografía agustiniana, su corazón peruano y su experiencia curial lo convierten en el candidato de síntesis que muchos buscan para evitar un cisma y consolidar la primavera de Francisco.
En el polarizado Perú fue el hombre del consenso, pero siempre del lado de la verdad y de las víctimas. En Roma, es el cardenal que cotiza al alza. Un hombre de consenso, de unidad, pero avanzando en la dirección marcada por Francisco. Y, quizá, el Espíritu tenga la última palabra.
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