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"En tiempos de crisis y agotamiento clerical, la vida consagrada es el pulmón y el corazón de la Iglesia"
San Pedro, el primer Papa, no era ni cura ni fraile, sino un simple laico casado, al que el Nazareno le entregó el poder de las llaves. Con el paso de los siglos, el primado petrino pasó a manos de la casta clerical, que se lo robó al pueblo santo de Dios y se lo quedó para sí sola. Y así hasta hoy, aunque a los largo y ancho de los tiempos hubo todo tipo de Papas y antipapas, solteros o casados, pero siempre de las clases altas y del alto clero.
En tiempos de clero diocesano agotado, sumido en un clericalismo rancio y defensivo, sin vocaciones ni buena formación, sin personalidades carismáticas y convertido en una casta de funcionarios de lo sagrado, la vida consagrada emerge como la verdadera reserva espiritual de la Iglesia.
Mientras muchos sacerdotes diocesanos se aferran a pequeños privilegios y a un poder espiritual y social cada vez más menguante, sobre todo en los países más desarrollados, los religiosos y religiosas mantienen viva la llama de los grandes carismas eclesiales e ideales evangélicos.
El recelo clerical y la envidia al carisma
Hasta hace poco, y aún hoy en ciertos círculos, los frailes y las monjas eran mirados con recelo por el clero secular. Se envidiaba su entrega radical a los consejos evangélicos -pobreza, castidad y obediencia-, su vida en comunidad y la riqueza de sus carismas. Mientras el clero diocesano se burocratizaba, los consagrados encarnaban la frescura de la entrega total, la pasión por el Evangelio y la creatividad apostólica.
No es casualidad que las grandes órdenes y congregaciones hayan aceptado mejor el Concilio Vaticano II y la primavera de Francisco. En sus filas hay menos tentación de volver atrás, a una Iglesia imperial y sacralizada, y más deseo de avanzar hacia una Iglesia servidora, pobre y sinodal. Mientras, los nuevos movimientos, otrora considerados la primavera de la Iglesia de Juan Pablo II, han salido casi todos fallidos y, en gran parte, podridos por el poder, el dinero o el abuso.
Agotado el clero, queda el resto, el pequeño pero vigoroso resto de religiosos y religiosas, con carismas pasados por el crisol de los siglos. Son ellos quienes mantienen viva la memoria profética de la Iglesia, su capacidad de discernimiento, su pasión por la justicia social, su apertura a la ecología y su apuesta por la austeridad y la vida comunitaria.
Primero fueron los jesuitas, de quienes la Iglesia aprendió el arte del discernimiento, la integración de la contemplación y la acción, la búsqueda de Dios en todas las cosas, la libertad interior y el amor y servicio a Jesucristo. Los hijos de Ignacio han sido, y siguen siendo, escuela de espiritualidad recia, de justicia social y de fidelidad creativa a la Iglesia.
Ahora, en el tiempo de León XIV, los agustinos vuelven a brillar con luz propia. Su espiritualidad se resume en cinco rasgos distintivos:
Amor a Dios y al prójimo: el mandamiento principal, vivido con radicalidad y ternura.
Vida comunitaria y unidad: la fraternidad como signo profético en un mundo fragmentado.
Búsqueda de la verdad: el corazón inquieto que no se conforma con medias tintas ni verdades a medias.
Servicio a la Iglesia y al mundo: la misión entendida como entrega generosa y creativa.
Interioridad y experiencia de la gracia: la vida espiritual como fuente de toda fecundidad apostólica.
No es casualidad que la Iglesia haya encontrado en las órdenes y congregaciones religiosas su nuevo vivero papal. Todavía quedan muchas, con mucho pedigrí, mucha historia y, sobre todo, mucho carisma. Son el vino nuevo en odres viejos, la levadura en la masa, el fermento de renovación que la Iglesia necesita para no quedarse anclada en la rutina y el conformismo.
Como el maestro del Evangelio, la vida consagrada sabe sacar de su tesoro cosas nuevas y viejas, según las necesidades de cada tiempo. Es la sabiduría acumulada de una institución con dos mil años de historia, la memoria viva de las grandes intuiciones del Espíritu, la reserva espiritual que sostiene a la Iglesia cuando todo parece agotarse.
En tiempos de crisis y agotamiento clerical, la vida consagrada es el pulmón y el corazón de la Iglesia. Y, quizás, su mayor esperanza para el futuro.
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