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A los semblantes de la factoría 'Gerhard Ludwig Müller' no los mitigan las capas magnas
La elocuente frase de que “la cara es espejo del alma” le es atribuida a Cicerón, con referencias específicas a que el rostro refleja a la perfección el “estado de ánimo, de salud y de carácter” de los seres humanos y, en nuestro caso, de todo un eminentísimo y purpurado cardenal de la “Iglesia, santa, católica, apostólica y, por supuesto, romana”.
Relatar que un cardenal es feo, es decir, que carece de belleza y de hermosura, no tiene por qué escandalizar a nadie ni intranquilizar su conciencia, con obligación de acudir al confesonario a limpiarla y purificarla. La belleza es un don de Dios y además, su valoración, por muy cardenal que se sea, resulta consoladoramente subjetiva, enmarcada con exactitud en el cuadro del ”con qué ojos se miren y contemplen las cosas”.
De todas maneras, en los vetustos “Liber Órdinis” pre canónicos, a los sacerdotes les era exigido un mínimo de belleza con el fin de que la posible deformidad de algunos de sus rasgos faciales no les causara a los participantes en las ceremonias, distracciones o rechazos posibles. Por supuesto, que esta consideración, consejo, norma o precepto ocasionó no pocas y explicables disensiones aún “religiosas” en las respectivas comunidades.
No obstante, el epíteto “feo” es también de justa y santa aplicación a la faz de algunos eminentísimos miembros del colegio cardenalicio, sucesores de los “Príncipes de Sangre Real”, título que les fuera concedido con carácter civil. Es posible que, con los atuendos prescritos por la liturgia, con el asentimiento de y bendición ritual de los artículos del Código de Derecho Canónico, y la intervención personal de confeccionadores/as de relieve en las altas esferas sociales, su resultante no sea la incuestionada belleza, pero sí algo que se le parezca.
Y es que, en la práctica, y en la realidad, no se escatiman medios para destacar la figura de un representante de Dios todopoderoso, principio y fin de todas cosas, omnisciente, creador y conservador del Universo, y más cuando el espíritu, el amor a Dios y al prójimo no forman parte esencial en el ordenamiento, aplicación y uso de lo que se dice bello y hermoso, que ni es ni puede ser algo distinto al evangelio. La “fealdad” verdadera -el pecado- no lo curan ni mitigan las capas magnas de los seis metros canónicamente establecidos y los privilegios “divinos y humanos” de los que los cardenales son sus porteadores, censurados tímidamente por algunos -no muchos clérigos- y la casi totalidad de laicos y laicas.
Y al redactar estas leves sugerencias tengo delante la imagen del cardenal Müller, ex Prefecto de importantes dicasterios de la Curia Romana, entre otros, el de la Doctrina de la Fe, además de “papable” en alguna ocasión, y ahora uno de los que comandan con mayor fervor la oposición al papa Francisco, hasta límites semi- cismáticos.
La cara -el rostro- que se le ha puesto al cardenal alemán en esta tarea “pastoral”, da la impresión de ser la propia de tener pocos amigos, antipática, antievangélica, resabiada, nada proclive al diálogo y al encuentro, absolutamente en contra de todo y de todos los que no sean de su “cuerda”, y quieran seguir remando beatíficamente por el “mejor de los mundos” (¿mejor?) y “caiga quien caiga”, dado que “Dios proveerá” y “las puertas del infierno jamás prevalecerán contra la Iglesia”, la “suya”, es decir, la de ellos.
Pedirle a Dios que los curas, los papas, los obispos, los cardenales y todos los mensajeros del santo evangelio cuiden los gestos de la cara con religión y evangelio -bondad y belleza- es, y será, signo y expresión de Eucaristía y de Iglesia.
Con cara de la “factoría Gerhard Ludwig Müller”, no es posible dar un solo paso por los caminos sinodales que, en su día, pudieran conducir al cónclave en el que se eligiera al “Vice-Dios” clemente y misericordioso. Uno de los penúltimos “dogmas” propagados por Müller, y sus seguidores, es el de que “el papa Francisco actúa y está rodeado por un círculo mágico sin preparación teológica alguna”.
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