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"Las reformas no llegan. Los cambios sustanciales se han quedado en movimientos administrativos curiales"
“La montagna ha partorito un topo”, como reza el conocido dicho italiano, el rumor, casi huracanado de la probable ordenación de los Viri probati en el territorio amazónico no pasó de una leve brisa. Francisco ha publicado hoy su exhortación apostólica postsinodal “Querida Amazonía”, sin los cambios que el sínodo sugirió por mayorías más o menos consolidadas.
Los medios de comunicación desde muy temprano informaron sobre la omisión en el documento de los Viri probati, la ordenación de diaconisas, el pecado ecológico y el rito amazónico. Estas omisiones causan desazón en quienes esperábamos una apertura de la Iglesia romana para responder a las demandas de los fieles en la Amazonia americana y en las amazonias de cemento, las grandes urbes del mundo en las que “la mies sigue siendo abundante y los obreros pocos”.
Escribe Chenu que las reformas se presentan en la Iglesia como un regreso a lo esencial, al Evangelio sin glosa. Reformar es volver a la forma original. Así sucedió en la reforma gregoriana del Alto medioevo y en la reforma tridentina. Ese mismo espíritu fue el que movió a Juan XXIII al anuncio del aggiormamento de la Iglesia desde el claustro de la basílica de San Pablo extramuros.
El celibato sacerdotal en la Iglesia latina sigue siendo presentado como la conditio sine qua non del ministerio sacerdotal, aunque salta a la vista que no hace parte de la forma original de la Iglesia en la que la exhortación paulina: "Es necesario que el obispo sea irreprensible, casado una sola vez, sobrio, sensato, educado, hospitalario, apto para enseñar. Ni bebedor ni violento, sino moderado, enemigo de pendencias, desprendido del dinero, que gobierne bien su propia casa y mantenga sumisos a sus hijos con toda dignidad” (1 Tim 3, 2-4) mantiene su validez. La Iglesia Ortodoxa y diversos ritos católicos aprobados por tradición secular e incluso milenaria permiten el sacerdocio de varones casados, demostrando que sí es posible. Esto sin demeritar el celibato como expresión de la adhesión total y fecunda al Reino de Dios.
El desorden que un cambio en la disciplina eclesiástica crearía es una posibilidad que el romano pontífice probablemente quiso evitar.
Por lo anterior, la figura de Benedicto XVI adquiere mayor relevancia como reformador. A pesar de su aparente imagen de papa renacentista, su renuncia al solio de Pedro y la aceptación de sacerdotes casados del anglicanismo en el seno de la catolicidad por medio de la Constitución Apostólica Anglicanorum coetibus, seguirán siendo un hito que el actual pontífice no ha podido superar.
Francisco se anunció al mundo como papa reformador desde su aparición en la logia central de san Pedro revestido de sotana blanca sin capa escarlata. Su deseo de ver una “Iglesia pobre para los pobres” que retoma el discurso de Juan XXIII, lo ubica en la línea del Vaticano II y de las grandes reformas del pasado. Sin embargo, las reformas no llegan. Los cambios sustanciales se han quedado en movimientos administrativos curiales ad intra y en llamamientos más claros ad extra de la atención a los pobres y del cuidado de la casa común.
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