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Las lecciones que Vance no esperaba del Papa Francisco
JD Vance llegó al Vaticano con la solemnidad de quien se sabe protagonista de una historia mayor, pero también con la mochila cargada de certezas propias de la nueva derecha católica estadounidense. Católico converso, fiel escudero de Trump y abanderado de un “ordo amoris” que justifica políticas migratorias restrictivas, Vance buscaba en Roma una legitimidad espiritual para su proyecto político. Sin embargo, el aire del Vaticano, impregnado de Evangelio y universalidad, le devolvió un espejo distinto: el de una Iglesia que no se deja domesticar por ideologías ni por cálculos de poder.
La agenda de Vance fue intensa. Hasta le recibió el Papa Francisco, convaleciente y prudente, en un breve saludo. Por su parte, el cardenal Parolin ofició de anfitrión y mensajero. El mensaje fue claro y contundente: la Iglesia de Francisco no bendice ni las deportaciones masivas ni la criminalización de los migrantes, tampoco la vuelta a modelos penitenciarios de mano dura como los de El Salvador. El Evangelio, recordó el Vaticano, no se negocia ni se instrumentaliza para justificar muros ni exclusiones.
El “ordo amoris” que Vance esgrime como escudo teológico para priorizar a los propios y cerrar el corazón a los que llegan de fuera, no encuentra eco en el magisterio franciscano. Francisco insiste en que el amor cristiano no admite fronteras ni jerarquías excluyentes: la caridad es universal, la compasión no distingue pasaportes y la dignidad humana está por encima de cualquier cálculo electoral o geopolítico. El Papa no comparte la visión de una fe ideologizada, rigorista y excluyente, tan cercana a la fachosfera eclesiástica del Yunque y de Vox, que busca blindar la Iglesia y convertirla en fortaleza identitaria.
Vance, acostumbrado a la retórica del enfrentamiento y la lógica de bloques, se topó en Roma con una Iglesia que apuesta por el diálogo, la acogida y la fraternidad. Una Iglesia que, lejos de la nostalgia restauradora, camina hacia la sinodalidad y la apertura. El Vaticano le recordó que la verdadera grandeza de la fe no está en la defensa de privilegios ni en la imposición de fronteras, sino en el servicio humilde a los últimos y en la construcción de paz.
Y aquí sí encontró un punto de encuentro: la preocupación común por la paz mundial. Tanto Vance como Francisco comparten la urgencia de detener las guerras y de buscar caminos de reconciliación allí donde reinan la violencia y el odio. Pero mientras el Papa pone el acento en el diálogo, la justicia y la dignidad de todos, Vance sigue anclado en la lógica de la seguridad y el orden, sin terminar de comprender que la paz verdadera solo brota de la justicia y la inclusión.
La lección que Vance se lleva del Vaticano es clara y, quizá, incómoda: la Iglesia de Francisco no se pliega a los intereses de ningún imperio ni de ninguna ideología. No acepta la reducción del Evangelio a bandera partidista ni el cierre del corazón en nombre de un supuesto orden del amor. El Papa, frágil pero firme, sigue siendo el faro de los pobres, la voz de los silenciados y la esperanza de los oprimidos. Y mientras algunos sueñan con restauraciones y muros, Francisco sigue abriendo puertas y sembrando primavera, aunque arrecie el invierno de la ideología y del clericalismo.
Quizá Vance, al salir de los muros vaticanos, entendió que la Iglesia no es un apéndice del poder ni un refugio para los que temen al otro. Es, y debe seguir siendo, casa de puertas abiertas, hospital de campaña y taller de fraternidad. Esa es la lección que Roma ofrece a todos, también a los poderosos de la tierra.
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