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"Olvidemos el espejismo de intentar alcanzar por voluntarismo una imagen de nosotros que no existe"
Cristianisme i Justícia - Paseo por mi ciudad y encuentro el cartel de una conocida cadena de gimnasios que me invita a entrar con el siguiente mensaje: «Si no cuesta, no vale la pena». Entre tantas otras imágenes que recibo a lo largo del día, inicialmente me pasa desapercibida, pero luego pienso y me pregunto: ¿de verdad si no cuesta, no vale la pena?
En Occidente vivimos en unas sociedades en que se carga sobre los hombros del individuo la responsabilidad de ser el mejor, tener el cuerpo más esbelto o musculado, la carrera más brillante, el coche más lujoso, no errar nunca, no tener ningún defecto…, y por el camino se van quedando millones y millones de personas que no resisten tanta presión absurda y deshumanizadora.
Esta exageración de la responsabilidad puramente individual (creer que todo depende sólo de mí) tuvo un precursor hace muchos siglos en la tradición cristiana en Pelagio. Para resumir mucho, él insistía, polemizando con Agustín de Hipona, en que la vida no es un don de Dios sino una conquista humana. A lo largo de los más de dos mil años de historia, el pelagianismo ha asomado la cabeza y está presente todavía en no pocos planteamientos de algunos grupos e iniciativas religiosas. Sorprende, no obstante, que una sociedad tan secularizada como la nuestra tome también esta senda y que el reclamo para apuntarte a un gimnasio (y gastar un dinero que quizás podrías utilizar mejor para alguna otra cosa) sea un mensaje tan crudo: sólo lo que cuesta vale la pena.
Ignacio de Loyola, de cuya conversión estamos celebrando los 500 años, vivió muchos años de su vida atrapado en esa trampa, primero como cortesano y posteriormente en su primera etapa de seguimiento de Jesús de Nazaret. Él quería hacer más extravagancias que los santos, él quería ser más, darlo todo…, siempre imperceptiblemente invadido por un yo hinchado que acaba ocupando todo el espacio. Quizás el momento de transformación decisiva para Ignacio fue en Manresa, cuando aún haciendo las penitencias más exageradas y los ayunos más estrictos, no encontraba la paz y hasta pensó en suicidarse. Todo un caballero cargado de honor y de méritos dio un grito desesperado y admitió que, si era necesario, seguiría a un insignificante perrito a fin de encontrar el sendero de la liberación de tanta responsabilidad autoimpuesta. Viviendo entre los pobres y como un pobre pudo entregarse plenamente. Ignacio reconoció finalmente que se trataba no de controlar, ni de hacer, sino de abandonarse radicalmente y confiar en que la salvación/sanación no se podía producir ni fabricar, pues era un don y un regalo totalmente inmerecido que se le ofrecían incondicionalmente.
Cierto que muchas cosas en la vida requieren de nosotros dedicación, entrega, tenacidad y perseverancia. Pero uno puede vivir todo esto no como una conquista, sino como una humilde contribución a algo que me sobrepasa y que está vivo desde el nosotros, en definitiva, a una corriente de vida que fue, es y será antes que yo.
De vez en cuando, y quizás hoy más urgentemente que nunca, necesitamos recordar que hay infinidad de cosas que no cuestan nada de nada y que sí valen la pena: contemplar una puesta de sol, recibir una caricia antes de ir a dormir, pasar una tarde con el abuelo que ya empieza a desvariar, sentir la pasión compartida en una asamblea de barrio para tratar de apoyar a los más vulnerables…
Celebrémoslo, agradezcamos esto y dejemos atrás el espejismo de intentar alcanzar por voluntarismo una imagen irreal de nosotros que no existe. Ignacio salió adelante y los momentos históricos que le tocó vivir no fueron menos convulsos que los nuestros.
[Artículo original publicado en catalán en Pregària.cat/Imagen de FelixMittermeier en Pixabay]
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