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Vacaciones para sacerdotes: El descanso es artículo de primera necesidad
Adelanto que lo de vacaciones con “a” es ortográficamente correcto en este caso, sin tener referencias directas con “vocaciones” o “llamadas de Dios”, ni con el barbarismo “bocaciones”, propio de una carrera que pudiera ser y ejercitarse también como eclesiástica. Las “vacaciones” de mi reflexión parten y se asientan en el “periodo de tiempo en el que una persona interrumpe su actividad habitual, generalmente el trabajo o los estudios”, siendo sus protagonistas aquí y ahora, los sacerdotes.
Es lógico que, con o sin legislación laboral, también los sacerdotes “disfruten” de un tiempo y de unas condiciones favorables al descanso, en lugares distintos a los que ejercen habitualmente su oficio-ministerio. Sería ilógico, y poco o nada natural y cristiano, que la condición sacerdotal prevaleciera sobre cualquier otra, y esto impidiera, o dificultara, disponer de un puñado de días para su descanso personal o familiar, o aprovecharlos para recibir cursos o cursillos que amplíen su formación y “puesta al día” en cualquier orden o disciplina pastoral o Ciencias Sagradas.
Con responsabilidad informativa, experiencias y datos propios y ajenos, llegar a la conclusión de que el sacerdote como tal ha de carecer de vacaciones, resulta ser bastante frecuente. El ejercicio de “patrono” fue y es difícil de llevarse a la práctica por parte de obispos y curiales diocesanos. Todo lo contrario. Las noticias instaladas en estas esferas pueblan también los “informativos”, tal y como últimamente refieren los medios de comunicación, por ejemplo, en la diócesis de Cádiz y en sus aledaños.
La falta de sacerdotes es explicación contundente de la justificación creciente de que a los sacerdotes no se les puedan facilitar días de vacaciones, por muy estivales que sean estos días, y además festivos, en los que, exactamente por eso el ministerio sacerdotal tendrá que activarse en mayor proporción.
La celebración de la Eucaristía es un acontecimiento religioso mucho más escaso
La celebración de la Eucaristía es –y será más cada día-, un acontecimiento religioso mucho más escaso. En la mayoría de las parroquias se están suprimiendo de sus calendarios dominicales no pocas misas, que aunque sus participantes y fieles decrecen en ellas con notoriedad, al menos resultan ser respuestas de Iglesia viva, operante y activa. Sin misas- celebraciones eucarísticas- no hay Iglesia, por mucho que se le achaque tal condición real a la falta de sacerdotes, con alegación de que ni los hombres casados ni menos las mujeres, puedan ser todavía en la Iglesia católica, celebrantes principales.
Así como con todas sus consecuencias teológicas y pastorales sea obligatorio afirmar que las misas –la Eucaristía- es de institución divina, del celibato y de la fulminante exclusión de la mujer del altar, resultaría herético e indecente, en cristiano, aseverar algo parecido y no proclamar que tan solo se trata de una medida disciplinar, cambiante y modificable según las circunstancias de lugar y de tiempo.
En la Iglesia, siempre y más en la actualidad, sugerir e instar que los sacerdotes precisen de vacaciones, al igual que el resto de los mortales, en una sociedad –sociedades- medianamente regidas por leyes laborales, es artículo de primera necesidad y también de fe… Un sacerdote “cansado” es mucho menos efectivo en el devenir pastoral de la Iglesia, que pudiera serlo un sacerdote “casado”, aunque en diversidad de cánones se opinara, se mandara y se exigiera todo lo contrario.
“Vacaciones” – “vocaciones” sacerdotales establecen de por sí relaciones de indisolubilidad, religión y cultura. ¿Responderá a tal convencimiento la existencia todavía de algunos “palacios de veraneo episcopal”, reliquias gloriosas (¡¡) de tiempos pasados, o por pasar?.
Tal y como se ponen las cosas pastoralmente dentro de la Iglesia, será oportuno y provechoso prestarle atención a los anuncios que se colocan en las puertas de los templos, con el fin de enterarse de cuáles y cuántas misas se hayan suprimido en estos meses de julio y agosto.
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