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El mandamiento del amor
No se si es caso único o, al menos, muy poco frecuente: tenemos en Perú cuatro santos de la misma época. Los cuatro vivieron en el Perú virreinal a fines del siglo XVI y primera mitad del XVII. Dos de ellos nacieron en España (santo Toribio de Mogrobejo, segundo arzobispo de Lima, y S. Juán Macías, religioso dominico, que vive y se santifica también en el Perú); los otros dos -y, con diferencia, los más populares hoy, S. Martín de Porres y Sta. Rosa de Lima- nacen y mueren en el Perú y ambos confirmados por el arzobispo Toribio.
Hoy es la fiesta de santa Rosa, quien, además de ser patrona de grandes instituciones en Perú -como las enfermeras o la policía nacional- es conocida y famosa fuera de nuestras fronteras: en Filipinas, en medio del Pacífico, por ejemplo.
Ustedes pueden recorrer las calles y plazas de cualquier ciudad del Perú hoy o durante el mes de noviembre y se encontrarán grupos de fieles -generalmente sin sacerdote- en procesión detrás de la imagen de santa Rosa o S. Martín. Siempre me gusta poner como ejemplo, un sacerdote de Costa de Marfil, misionero en Lima, llamado Martín de Porres Ouedraogo. Su padre fisiológico, muy devoto de nuestro santo moreno, le había puesto a su hijo, al nacer, Martín de Porres (con todas las letras). Y éste lleva su nombre con orgullo (ahora en su tierra natal, en Costa de Marfil).
Hay muchos comentarios e interpretaciones de todo lo anterior. Pero yo quiero centrarme en algo que me parece esencial: ¿por qué pasa el tiempo, corren los años, las décadas y los siglos y -sobre todo, Martín y Rosa- no disminuyen su popularidad? Yo encuentro una explicación muy simple: la iglesia los declara santos porque, en su lugar y su tiempo, trataron de imitar a Jesús, poniendo en práctica lo central del mensaje del Nuevo Testamento: el amor. Frecuentemente le preguntan a Jesús en el evangelio: ¿cuál es el primero y principal mandamiento? Y él invariablemente remite al Deuteronomio y al Levítico: “Amar a Dios y amar al prójimo”
Juan, el discípulo amado -él y su círculo- habían aprendido bien la lección y en la primera carta de Juan dejan claro que esos dos mandamientos se reducen a uno: amar a los hermanos. “Cómo puede decir alguien que ama a Dios a quien no ve y no ama a su hermano a quien sí ve? Quien eso dice es un mentiroso” (I Jn 4, 20).
Los cuatro santos peruanos, sobre los que escribimos, entendieron a la perfección que lo más importante era ser imitadores de Jesús. Y trataron de hacerlo, cada uno desde el lugar y la situación que les tocó vivir ¡por eso son bien distintos y bien iguales! A dos de ellos -santa Rosita y el moreno Martín- todos hoy, sacerdotes y laicos, podemos tomarlos como modelo. Fueron imitadores de Jesús desde lo más ordinario. No son grandes santos, con un montón de devotos y seguidores, porque hicieron cosas extraordinarias, cosas raras y espectaculares y grandes milagros. No, son grandes y populares santos porque hicieron extraordinariamente bien las cosas ordinarias (¿quién no puede hoy santificarse barriendo y bailando al barrer?).
La iglesia oficial, por supuesto, puede equivocarse al declarar santas a determinadas personas. El tiempo y el pueblo -los verdaderos devotos- harán que perduren unos santos y otros sean olvidados. Eso es lo normal y lo que sucede siempre. Y todo va a depender de si esos santos, en su época y en su tiempo, trataron de imitar a Jesús o, lo que es lo mismo, trataron de poner en práctica el Eje Central del Nuevo Testamento: el mandamiento del amor.
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