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"La carrera por repartirse la Ucrania del mañana no puede pasar por encima de los cadáveres del presente"
Estoy sinceramente preocupada.
Mientras en Europa se reúnen para hablar de la reconstrucción de Ucrania, Rusia ataca con más fuerza que nunca. Cada día, miles de bombas. Cada día, más muertos. Más hospitales arrasados, escuelas convertidas en polvo, hogares devastados. Y en el frente, una lucha encarnizada que se cobra vidas sin pausa.
Y en Roma y en Bruselas, en salones bien iluminados, hablan de inversiones, de contratos, de reconstrucción, de invertir, de hacer negocio.
Pero yo me pregunto:
¿Cuándo van a hablar de los que se mueren hoy?
¿Cuándo van a hablar de la ayuda humanitaria que no está llegando?
La carrera por repartirse la Ucrania del mañana no puede pasar por encima de los cadáveres del presente.
Nosotros, desde la Fundación, seguimos como podemos. Cada vez más solos. Cada vez con menos medios. Faltan ambulancias, faltan pick-ups, falta material sanitario. Pero lo que más falta es humanidad. Y duele.
Como decía Pedro Casaldáliga, “la esperanza tiene que ser más terca que la muerte”.
Y hoy la muerte grita fuerte. Pero nuestra esperanza se rebela. Porque esto no es momento de reconstrucción.
Es momento de sostener la vida.
Es momento de gritar por el intercambio total de prisioneros.
Es momento de exigir un alto al fuego ya.
El Evangelio no calla ante el sufrimiento:
“Lo que hagan con uno de estos pequeños, conmigo lo hacen.” (Mt 25, 40)
Y hoy, esos pequeños son los niños que duermen en búnkers, las madres que dan a luz entre escombros, los soldados heridos que esperan ser evacuados y no hay con qué.
No se puede reconstruir un país sobre la indiferencia. Ni sobre los huesos de los olvidados.
Por eso, con la autoridad moral que nos queda, con la voz quebrada, pero firme, nos unimos al grito del Papa Francisco:
“Que se abran corredores humanitarios reales y eficaces. Que cese la locura de la guerra. Que se ponga fin a la violencia. La paz no se negocia con misiles, se construye con compasión.”
Nosotros no nos rendimos. Porque la esperanza es más terca que la muerte. Y porque la vida, cada vida, merece ser defendida hasta el último suspiro.
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