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"Algunos buscan en la pandemia la manifestación de un dios vengativo, algo realmente incompatible"
La emergencia sanitaria en decurso ha dado ocasión a los miembros de la ICAR de enseñar lo que llevan dentro: mientras los consecuentes con su fe hablan a lo samaritano, los cancerberos de la ortodoxia sueltan la lengua mayormente para liberar potenciales. Un ejemplo retrata a estos.
Quisieran explicar la pandemia como castigo del cielo por los pecados de la humanidad, lo que significa concederle al bichito saltafronteras la capacidad de discriminar entre inocentes y culpables, extremo de imposible verificación. No advierten que esta interpretación apareja la idea de un dios vengativo incompatible con la de padre misericordioso anunciada por Jesús; y, tampoco, que en puridad solo valdría para el hambre y la guerra, flagelos de que el hombre sí es responsable.
Para darle al tópico apariencia de solidez doctrinal, recurren a la transgresión de Adán y Eva al catar del fruto del árbol prohibido con la esperanza de llegar a ser como dioses, flaqueza que les costó la expulsión del Paraíso y empadronamiento en el valle de lágrimas. A estas alturas, relacionar una pestilencia con el pecado que, eso dicen creer, todos los mortales heredamos de nuestros protoparentes, provocaría mera risa si las cifras de muertos que contabiliza no la abortaran.
Acerca de su origen cabe sospechar que el concepto de mal surgiera después de que la evolución equipara a la especie con la herramienta que le permite descubrir su desvalimiento ante una naturaleza que se comporta a veces como madre y otras como madrastra. (Apuntan bien los teólogos que sostienen que Dios carece de poder sobre el mal porque no lo creó con el mundo, lo que obligaría al mester de clerecía a no aconsejar rezarle pidiendo que acabe la peste).
No se precisa ser una lumbrera para levantar la causa principal de la extensión del coronavirus: la globalización de un sistema económico basado en la codicia y en la depredación salvaje de los recursos de la casa común. Palabras con razón aladas, las del Mantuano: auri sacra fames.
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